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André Comte-Sponville. El amor, la soledad.

Yo sólo quería decir que nada es importante, nada tiene valor si no es por el amor que en ello se deposita o que allí se puede hallar. ¿Qué importancia puede tener el que una estrella se apague? ¿Qué importancia puede tener el fin del mundo? ¡Ninguna, si previamente no amamos el mundo o la vida! Ese es el sentido del relativismo de Spinoza: no deseamos una cosa porque es buena, sino que la juzgamos buena porque la deseamos. Mozart no vale más que para quien ama su música. Aunque el genio fuera una noción objetiva, nadie está obligado a hacer de él un valor. El peso, por ejemplo, se mide objetivamente. Pero, ¿por qué se habría de preferir siempre lo más pesado? Aunque se pudiera demostrar objetivamente que Mozart es el mayor músico de todos los tiempos (cosa imposible de demostrar, naturalmente), eso no haría de él un valor objetivo; porque sería menester demostrar antes que la música es preferible a la falta de ella, ¡y eso es lo que no se puede hacer, o no se podría, si no amáramos la música! Quizás alguien podría objetar que es posible demostrar lo buena que es la música para la salud… Sin duda. Pero, ¿qué vale la salud si la vida no vale nada? ¿Y qué vale la vida si no la amamos? Es decir, no existe un valor absoluto: ¡la belleza no vale más que para quien la ama!, ¡la justicia no vale más que para quien la ama! ¿Y la verdad? Esta no tiene necesidad de que la amemos para ser verdadera, es cierto, pero sí para tener un valor. ¿Y el amor? No constituye un valor sino en la medida en que lo amamos, por eso el amor es un valor. He aquí a Spinoza contra Platón. Lo que justifica el amor no es el valor del objeto amado, es el amor lo que da al objeto amado su valor. El deseo es lo primero: el amor es lo primero. O más bien (puesto que el amor no sería absolutamente primero más que si Dios existiese), lo real es lo primero, pero eso no vale más que por y para el amor.”

No se trata de averiguar lo que se ignora, sino de habitar lo que se sabe, de amar lo que se sabe. La sabiduría no es una verdad más, es el goce, el disfrute de todas ellas. Ahora bien, quien sabe gozar o disfrutar plenamente de una sola, sabe gozar y disfrutar del conjunto al que pertenece. Para amar las estrellas, ¿qué necesidad tienes de saber cuántas hay? Y para amar a un hombre, ¿que necesidad tienes de saberlo todo de él? Ahí está, ante ti, absolutamente verdadero, hasta en sus mentiras, absolutamente real, hasta en sus sueños… Si no conocieras nada de él (al menos su existencia), no podrías amarlo, seguro; ¡pero sería una locura querer conocerlo en todos sus detalles (¡en todos sus desgraciados e inagotables detalles!) antes de amarlo por entero! Lo real no es un puzzle, y el amor tampoco. «Espera un poco, querido, una pieza más, después otra, y después todavía otra, tengo el sentimiento de que enseguida voy a amarte completamente…». No. Está ahí, ante ti: tú le ves, le miras, y eso es ya un lote inagotable de verdades… Bobin ha encontrado nuevamente las palabras exactas: «Una onza de real puro le basta a quien sabe ver». Pero lo real siempre es puro para la mirada pura. La verdad basta, el amor basta.”

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SINOPSIS

El amor y la soledad van siempre juntos: no son dos contrarios, sino dos reflejos de una misma luz, que es la vida. Sin esta luz no valdría la pena dedicar a la filosofía ni una sola hora. Ésta es la tesis del presente libro, que no es simplemente un libro de filosofía, sino más bien el libro de un filósofo sobre lo que la filosofía y la vida le han enseñado, sobre lo que él ha aprendido… Es todo lo contrario de un sistema o de un tratado, sin llegar a ser un ensayo. Son entrevistas, lo que Montaigne hubiera llamado conferencias («El más fecundo y natural ejercicio de nuestro espíritu, a mi parecer, es la conferencia», decía), o dicho de otro modo, conversaciones. ¿Un arte menor? Sin duda alguna, pero eso forma parte de su encanto. Aquí la verdad importa más que la belleza, el placer más que el trabajo, la vida más que la obra.”

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