Tiempo de lectura: 5 minutos.

Benjamin Franklin. Autobiografía.

Mi lista de virtudes conten√≠a al principio solo doce. Sin embargo, un amigo cu√°quero me inform√≥ amablemente de que se me consideraba orgulloso, de que mi orgullo se mostraba frecuentemente en la conversaci√≥n, de que no me contentaba con llevar raz√≥n en las discusiones, sino que era autoritario y bastante insolente, de lo que me convenci√≥ al mencionar varios ejemplos; as√≠ que decid√≠ esforzarme para curarme si pod√≠a de este vicio o locura entre los dem√°s y a√Īad√≠ la humildad a mi lista, dando un extenso significado a la palabra. No puedo jactarme del gran √©xito de haber adquirido la realidad de esta virtud, pero hab√≠a logrado algo con su apariencia. Hice una regla del abstenerme de contradecir directamente a los otros y de afirmar nada de forma categ√≥rica. Incluso me prohib√≠, conforme a las viejas leyes del Junto, usar toda palabra o expresi√≥n de la lengua que supusiera una opini√≥n fija, tales como ‚Äúciertamente‚ÄĚ, ‚Äúindudablemente‚ÄĚ, etc., y adopt√© en su lugar otras como ‚Äúconcibo‚ÄĚ o ‚Äúimagino‚ÄĚ que esto es as√≠ o as√°, o as√≠ me lo parece por ahora. Cuando otro afirmaba algo que consideraba un error, me negaba el placer de contradecirle abruptamente y de mostrar de inmediato lo absurdo de su proposici√≥n y, al responder, comenzaba observando que en ciertos casos o circunstancias su opini√≥n ser√≠a correcta, pero que en el caso presente me ‚Äúparec√≠a‚ÄĚ o ‚Äúpensaba ‚Äúque hab√≠a alguna diferencia, etc. Pronto descubr√≠a la ventaja de este cambio en mis modales. Las conversaciones en las que particip√© resultaban m√°s gratas. La modesta manera en que propon√≠a mis opiniones les procuraba una recepci√≥n m√°s pronta y menos contradictoria. Me mortificaba menos cuando me equivocaba y convenc√≠a m√°s f√°cilmente a los otro de que renunciaran a sus errores y se unieran a m√≠ cuando acertaba. Este proceder, que asum√≠ al principio con cierta violencia respecto a mi inclinaci√≥n natural, al final se volvi√≥ tan f√°cil y tan habitual para m√≠, que tal vez durante estos pasados cincuenta a√Īos nadie haya o√≠do que se me escape una expresi√≥n dogm√°tica. A este h√°bito (junto a mi car√°cter √≠ntegro) creo que se debe principalmente que haya tenido pronto tanto peso entre mis conciudadanos cuando propon√≠a nuevas instituciones o alteraciones en las viejas y tanta influencia en las reuniones p√ļblicas de las que he sido miembro. Porque era un mal orador, nada elocuente, sujeto a muchas dudas en la elecci√≥n de mis palabras, ni muy correcto en la lengua y, sin embargo, lograba mis objetivos.

En realidad tal vez ninguna de nuestras pasiones naturales sea tan dif√≠cil de subyugar como el orgullo. Podemos disfrazar, luchar con ello, golpearla, ahogarla, mortificarla cuanto queramos, y sigue viva, de vez en cuando asomar√° y se mostrar√°. Tal vez la ve√°is a menudo en este historia. Porque, aun cuando pudiera concebir que la he superado por completo, probablemente me enorgullecer√≠a de mi humildad.”

Mientras pretend√≠a mejorar mi lenguaje, di con una gram√°tica inglesa (creo que la de Greenwood) al final de la cual hab√≠a dos peque√Īos ap√©ndices sobre las artes de la ret√≥rica y la l√≥gica, el √ļltimo de los cuales acababa con un ejemplo de discusi√≥n seg√ļn el m√©todo socr√°tico. Poco despu√©s me procur√© los ‚ÄúRecuerdos de S√≥crates‚ÄĚ de Jenofonte, donde hay muchos ejemplos del mismo m√©todo. Me encant√≥, lo adopt√©, abandon√© mi actitud de abrupta contradicci√≥n y la argumentaci√≥n tajante y asum√≠ la del investigador humilde y dudoso. Y al haberme convertido entonces, tras leer a Shaftesbury y Collins, en un verdadero esc√©ptico en muchos aspectos de nuestra doctrina religiosa, hall√© que este m√©todo era muy seguro para m√≠ y muy embarazoso para mis interlocutores por lo que me deleitaba con √©l, lo practicaba continuamente y me volv√≠ habilidoso y experto en arrastrar aun a las personas de conocimiento superior a hacer concesiones cuyas consecuencias no preve√≠an, enred√°ndolas en dificultades de las que no pod√≠an librarse, y obten√≠a victorias que no siempre merec√≠amos mi causa o yo. Continu√© con este m√©todo durante algunos a√Īos, pero lo abandon√© gradualmente y retuve solo el h√°bito de expresarme en t√©rminos de la m√°s modesta desconfianza, sin usar nunca, cuando aventuraba algo posiblemente discutible, las palabras ciertamente, indudablemente, y otras que dieran aire de seguridad a una opini√≥n; m√°s bien dec√≠a entiendo o comprendo que una cosa sea as√≠ o as√°, me parece o deber√≠a creerlo as√≠ o as√° por tales o cuales razones, o supongo que es as√≠, o es as√≠ si no estoy equivocado. Creo que este h√°bito ha sido muy ventajoso para m√≠ cuando he tenido oportunidad de inculcar mis opiniones o persuadir a los hombre de medidas que de vez en cuando me compromet√≠a a promover. Y como los verdaderos fines de la conversaci√≥n son informar o ser informado, agradar o persuadir, quisiera que los hombres sensatos bienintencionados no disminuyeran su capacidad de hacer el bien por una presumida y tajante manera que rara vez deja de disgustar, tiende a crear oposici√≥n y a derrotar los prop√≥sitos con los que se nos ha concedido la lengua, es decir, dar o recibir informaci√≥n o placer. Pues si informas, aventurar tu parecer de manera dogm√°tica y tajante puede provocar contradicci√≥n e impedir una atenci√≥n imparcial. Si deseas informaci√≥n y mejora del conocimiento por parte de los otros y, sin embargo, a mismo tiempo te expresas con una firmeza inamovible en tus opiniones, los hombres modestos y sensatos que no aman la disputa probablemente te dejen en paz en posesi√≥n de tu error y, por tal manera, rara vez podr√°s pretender agradar a tus oyentes o persuadir a aquellos cuya concurrencia deseas.”

¬ŅQUIERES COMPRAR EL LIBRO?

Si te ha gustado lo que has leído, ¡pincha en la imagen para conseguir tu ejemplar!

SINOPSIS

Benjamin Franklin (1706-1790) fue, “avant la lettre”, el hombre representativo americano que podr√≠a haber figurado en la ilustre galer√≠a de retratos literarios de Emerson. Franklin, habitante de las colonias inglesas, presenci√≥, y casi sell√≥ con un c√©lebre discurso, el nacimiento de los Estados Unidos como primera democracia moderna, solicitando a los dem√°s delegados de la Convenci√≥n Federal reunidos en Filadelfia la recomendaci√≥n un√°nime de la Constituci√≥n americana. La escritura de Franklin, sin embargo, tiene su ra√≠z en la √©tica puritana, cuya poderosa y brillante imaginaci√≥n hab√≠a dado a luz una de sus lecturas favoritas, “El progreso del peregrino” de John Bunyan. Descendiente espiritual de aquellos “Pilgrim Fathers”, el infatigable y polifac√©tico Franklin transmiti√≥ a su √©poca en el texto de su “Autobiograf√≠a” la necesidad de seguir cultivando una √©tica que no descuidara las fuentes cl√°sica y judeocristiana de nuestra cultura (“Imitate Jesus and Socrates”), a la vista de las oportunidades que brindaba la vida en el Nuevo Mundo. La “Autobiograf√≠a” de Franklin, plagada de las an√©cdotas y ense√Īanzas de su larga vida, inacabada por definici√≥n, como el mundo en que se hab√≠a gestado, iniciada como una carta a su hijo y continuada como un testimonio ante sus conciudadanos, conserva todo el valor promisorio de los textos fundamentales de la tradici√≥n norteamericana.”

¬ŅQuieres compartir esta p√°gina?

Share on facebook
Share on email
Share on twitter
Share on linkedin
Share on whatsapp
Ir arriba