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Bruno Monsaingeon. Mademoiselle: Conversaciones con Nadia Boulanger.

Una obra académica puede estar perfectamente construida; la conocemos, la admiramos, pero no podemos amarla porque no contiene ese elemento que no puedo definir.”

Creo que el verdadero indicio de la vejez -y los tengo todos menos éste- sería dejar de conceder importancia a las cosas. Lo pienso muchas veces cuando echo de menos hablar ruso, pues la herencia rusa tiene mucho peso en mí. Lamento no leer ni hablar ruso (ni saber latín, por cierto), lo cual me distancia de mis raíces, y me avergüenza admitir que si hubiera tenido el valor y tomado la decisión de aprender una palabra cada semana durante diez años -una palabra por semana no es tanto- podría leer toda la literatura rusa. Pero ¿leo ruso? No, ni siquiera puedo leer mi propio nombre en cirílico, por culpa de mi negligencia, de mi indiferencia. Debería haber aprendido ruso, nadie me lo impidió, como nada me ha impedido aprender una palabra por semana. Pero si la indiferencia y la pereza me han impedido realizar ciertos deseos, será porque no eran deseos muy fuertes.

Hace poco alguien que realizó un curioso estudio tuvo la tenacidad, tal vez un tanto vana, de contar cuántas notas había escrito Schubert. Le salía una cantidad impresionante y se hizo la pregunta siguiente: «Al margen del genio, para escribir simplemente tal cantidad de notas, ¿de cuánto tiempo había que disponer?». Al concluir la investigación, concluyó que se necesitaban, pongamos, veinticinco años. Sin embrago, Schubert tan sólo necesitó quince para escribir todas esas notas. ¿En qué consiste esa capacidad? En que Schubert no dijo: «Me gustaría hablar ruso», sino que en vez de decirlo lo hizo. Hablamos de lo que no hacemos y la gran excusa que ponemos es la falta de tiempo. Sin embargo, Schubert no tenía tiempo, ni Bach, ni Fauré, ¡nadie tiene tiempo! Supieron encontrar ese tiempo que hace que Platón siga tan vivo hoy como en su día. Por eso creo que todos los días deberíamos recordarles a los niños la inscripción de Valéry en la entrada del Musée de l’Homme: «Depende de quien pasa que yo sea tumba o tesoro. Pero que hable o calle depende de ti, amigo. No cruces este umbral sin desearlo».”

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SINOPSIS

Con Mademoiselle, Bruno Monsaingeon nos ofrece―como ya hizo en Glenn Gould. No, no soy en absoluto un excéntrico―el testimonio de un personaje excepcionalmente lúcido y fascinante, Nadia Boulanger, «la Música personificada » según Paul Valéry. Pianista, directora de orquesta, mentora de Stravinski y maestra, durante sus casi setenta años de carrera formó a un buen número de notables compositores, directores e intérpretes del siglo xx, desde Gardiner, Markévich, Barenboim, Glass, Bernstein o Menuhin hasta Piazzolla o Quincy Jones. A partir de los materiales reunidos durante las conversaciones con Boulanger en sus últimos seis años de vida, Monsaingeon recopila y ordena las entrevistas para recrear la voz y evocar la presencia de la gran maestra de maestros. Un conmovedor homenaje a una figura admirable, sumamente influyente por sus indiscutibles dotes musicales y por su inolvidable magisterio.”

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