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Christian Felber. La economía del bien común.

Si mi meta es hacer bien las cosas y me da igual cómo hagan las cosas los demás, entonces no es necesaria la competencia, que es justo el fundamento del mito: sin competencia los hombres no se sentirían incentivados para ser eficientes, no sentirían motivación para ocuparse bien de sus asuntos. Sin embargo, los estudios psicológicos indican que nos comportamos justo al revés. La motivación es mayor cuando es interna (motivación intrínseca) que cuando proviene de fuera (motivación extrínseca), como por ejemplo en la competencia. Los mejores rendimientos no se llevan a cabo por la existencia de un competidor, sino porque la gente se fascina por algo concreto, se llena de energía, colma sus esperanzas en realizarlo y se entrega por la causa. No necesita competencia.”

Personalmente pienso que los partidos políticos son un callejón sin salida para la democracia «real», porque destacan lo particular, no lo común. Lo que un grupo parlamentario propone lo rechazan a menudo los demás por principios, no por el contenido. La democracia de partidos promueve la competencia, pero la democracia debería basarse en un proceso cooperativo.”

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SINOPSIS

Cada vez más personas son conscientes de que actualmente no vivimos una crisis económica o financiera aislada, sino que las burbujas económicas especulativas, el desempleo, la desigualdad, el cambio climático, las hambrunas, la crisis de valores y, en lo más profundo, la crisis de la democracia, están relacionados y son síntomas de una crisis general del sistema económico. Los representantes de la población sostienen que «no hay ninguna alternativa». Sin embargo, en este libro Christian Felber demuestra que hay alternativas al sistema económico y financiero actual.

La pregunta decisiva es: ¿En qué dirección queremos ir? ¿Debe la economía ser más ecológica y sostenible? ¿Debe ser más justa en el reparto? ¿Debe la dignidad de los ciudadanos ocupar un lugar central y cada persona tener derecho de decisión? ¿Se debe incentivar y premiar los valores que sostienen las relaciones humanas: honestidad, empatía, confianza, estima…? ¿Debe la economía medir la utilidad social, que es aquello que necesita primordialmente el ser humano, para sentirse satisfecho y feliz? La economía del bien común responde. Debe y es posible. ¡Hay una alternativa!”

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