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Feminismo Vs Transgenerismo. ¿Es posible una reconciliación?

Te escribo para que puedas leerme con calma, reflexionar sobre lo que te cuento y, sobre todo, conocer mi punto de vista. Voy a tratar de ser lo más claro y directo posible para que no tengas dudas sobre mi posición respecto al tema del transgenerismo y sus principales consecuencias para las mujeres. Por ello, este texto podría tener el carácter de manifiesto. Prefiero escribirte porque así puedo ordenar mis ideas pero también porque así puedo liberarme de la carga emocional que tiene hablar de este tema. Aunque no lo creas, después de nuestras conversaciones llego agotado a casa. Tengo la sensación de que crees que intento convencerte de algo, justificar mi posición o defenderme de supuestas acusaciones de odio contra el colectivo. Trataré de plantearte la polémica existente entre el feminismo y el transgenerismo para que así puedas valorar su complejidad.

Aunque el transgenerismo y sus implicaciones vaya a ser el tema principal que te quiero plantear, trataré por encima otros temas relacionados con las desigualdades existentes entre hombres y mujeres. Todas las problemáticas que quiero exponerte me parecen lo suficientemente serias como para que, antes de que volvamos a vernos, hayas reflexionado al respecto para evitar acudir al emotivismo o al esencialismo como principal argumento. Este texto solo te mostrará algunas de las caras de esta problemática, pero tiene muchas otras que espero que desees abordar por tu cuenta. Ten presente que no te escribo para que te posiciones, pues considero que cada caso debe ser tratado de forma individual, sino para que seas consciente de la complejidad del problema. Para ello, deberás leer mostrando apertura en todo momento a la comprensión del problema que nos ocupa. Me conoces y sabes que le deseo lo mejor al colectivo transgenerista en tanto que se trata de personas que tratan de encajar lo mejor en este mundo (¡quién no!), pero su manera de lograr el objetivo es contraria a mis valores, como pretendo mostrarte. Recuerda que en ningún caso hay odio hacia las personas sino un rechazo claro hacia los postulados que se defienden.

Como decía Ortega y Gasset: “las ideas se tienen y en las creencias se está”. Mientras que unas son cambiantes, las otras son fijas. Mientras que la idea es aquello que tenemos y sostenemos, la creencia es aquello que nos sostiene a nosotros. Algunas personas se identifican tan fuertemente con las creencias que defienden que acaban por fundirse con ellas. Es por esto que un ataque a los postulados transgeneristas se percibe como un ataque hacia las personas y, por ello, se acostumbra a devolver la ofensa cerrando la conversación y el diálogo haciendo uso del término TERF, acrónimo inglés que significa feminista radical trans excluyente. Estamos viendo que toda postura crítica con el transgenerismo es tachada directamente de transfobia, impidiendo debatir sobre el tema y promoviendo, de esta manera, el silenciamiento de una parte de la población a nivel mundial. Como en épocas de censura, encontramos personas que tienen miedo de hablar, personas que deben pensar de forma clandestina porque cualquier cuestionamiento público es motivo de escarnio. ¿Es posible llegar a un consenso? Tengo mis dudas. Como verás, el feminismo y el transgenerismo persiguen diferentes objetivos, lo que conlleva que las conquistas de una posición se vivan como un agravio hacia la otra. Aun así, estoy totalmente abierto a un debate que nos permita encontrar una solución que beneficie a ambas partes, no como hasta ahora, que para el beneficio de unos se perjudique a más de la mitad de la población. Por tanto, no cuestiono que la nueva ley mejore la vida de las personas trans sino que se legisle para que una minoría se convierta en sujeto universal de referencia, perjudicando de forma directa a las mujeres.

Sabes que desde que tuvimos aquella conversación en el restaurante no he dejado de leer sobre feminismo, desde la educación de las damas de Poulain de la Barré (1674), discípulo de Descartes, hasta obras publicadas este mismo año. Y lo que tengo claro después de todas las lecturas es que mi posición se ha reafirmado: ahora creo conocer mejor la historia de la mujer y su lucha contra las desigualdades basadas en el sexo. Empatizo más con la mujer sabiendo perfectamente todo su recorrido histórico, cada lucha y cada victoria y, como diría Susan Faludi, cada “reacción” por parte de la sociedad a un posible avance en materia de justicia social, porque “la reacción antifeminista no se desencadenó porque las mujeres hubieran conseguido plena igualdad con los hombres, sino porque parecía posible que llegaran a conseguirla”.

Después de nuestro encuentro, y tras haber reflexionado un poco sobre este tema, ya te comenté que nos encontrábamos en un callejón sin salida, un problema aparentemente irresoluble entre la posición feminista y la posición transgenerista. Con esto quiero decir que no es posible contentar a ambos bandos ya que posicionarse en uno u otro implica asumir una carga teórica por parte del feminismo o una carga ideológica por parte del transgenerismo. Ideas frente a creencias. Como nos recuerda Catharine Mackinnon: “La ideología significa un pensamiento que está socialmente determinado sin ser consciente de sus determinaciones”.  Tú y yo estamos en puntos antagónicos. Podemos hablar, por supuesto, pero creo que tus líneas rojas son unas y las mías, otras.

No obstante, me gustaría que ambos fuésemos conscientes de que, al margen de lo que pensemos, detrás del feminismo como teoría política y del transgenerismo como teoría de las identidades y del deseo, habitan personas. No son simplemente dos puntos de vista, argumentos, posturas políticas o cosmovisiones opuestas. Es mucho más que eso. Hablamos de personas que, por distintos motivos, sufren. Aunque las desigualdades que sufren las mujeres en todo el mundo no hayan sido resueltas, la actualidad nos impone un nuevo reto que, como sociedad debemos resolver, y que consiste en encontrar una solución para las personas trans que no suponga un agravio para las mujeres. Porque, si los llamados derechos trans suponen una reducción en derechos para las mujeres, ¿debemos entender que los derechos de las mujeres eran, en realidad, privilegios? Si, como dice la ley, el sexo se puede elegir pues éste se asigna al nacer, ¿cómo va a poder el feminismo continuar la lucha contra las desigualdades basadas en el sexo? ¿están las teorías identitarias tratando de anular la teoría feminista? Creo que necesitamos poner el freno para darnos la oportunidad de hablar y, sobre todo, de formular más preguntas.

Comencemos nuestro camino conociendo parte de la trayectoria del movimiento feminista, cuyas vindicaciones dieron comienzo tras la revolución francesa con la obra de Mary Wollstonecraft (Vindicación de los derechos de la mujer, 1792), en la cual tuvo el valor de enfrentarse a las posturas esencialistas de Rousseau a base de irracionalizar el poder patriarcal y deslegitimizar la división sexual de los roles, como nos apunta en su libro: “La madre que desea proporcionar dignidad verdadera al carácter de su hija debe proceder, sin prestar atención a los desprecios de la ignorancia, con un plan diametralmente opuesto al que Rousseau ha recomendado con todo el engañoso encanto de la elocuencia y uso de sofismas filosóficos. Porque su elocuencia convierte en verosímil lo absurdo y sus conclusiones dogmáticas confunden sin convencer a aquellos que no tienen capacidad para rebatirlas”. Un año antes, Olympe de Gouges escribió la Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadanía (1791) para reivindicar la ciudadanía de las mujeres tras la fundación del estado francés, lograda gracias a la lucha conjunta de hombres y mujeres. Desgraciadamente, su atrevimiento y activismo le costó la vida pues fue decapitada en 1793. En aquellos años, las mujeres no solo expresaron sus quejas por los abusos de poder de los hombres sino que comenzaron a cuestionar la jerarquía sexual, luchando contra el determinismo biológico, esto es, la idea tradicional de que el hecho de nacer en un cuerpo de mujer determinaba una serie de conductas o funciones en la vida.

El feminismo nos insiste en que el sexo es una realidad material y el género es una construcción cultural, es decir, el comportamiento social del sexo. Las relaciones sexo/género han servido a las feministas para luchar contra el determinismo biológico así como para visibilizar las relaciones de poder. Como señala Nancy Fraser: “El pensamiento feminista acuña el concepto de género para explicar la dimensión social y política que tiene el sexo. Dicho de otra forma, ser mujer no significa sólo tener un sexo femenino. Ser mujer significa una serie de prescripciones normativas y de asignación de espacios sociales sumamente coactivos para las mujeres.”

Pero conocer la historia de la mujer también significa entender el sufrimiento causado por la heterodesignación llevada a cabo por el patriarcado como sistema basado en principios de dominio y sumisión, de cosificación y misoginia. Los hombres como clase opresora se autodefinen y, además, tienen el poder, como clase dirigente, de determinar lo que las mujeres como clase oprimida son y deben ser. Actualmente, la sofisticada misoginia ha incorporado términos como cis-mujer, persona gestante, persona lactante, persona que menstrúa, no-hombre y un largo etcétera. La palabra mujer se ha vuelto incómoda porque parece ser que no reproduce la verdadera realidad al no ser capaz de incluir a “todas las mujeres”. Pero recuerda que las palabras describen la realidad y quienes las poseen son los mismos que ostentan el poder.

Por ejemplo, la palabra “monomarental” puede ser incorrecta desde el punto de vista etimológico pero su objetivo no es la corrección sino la visibilización de la realidad en la que viven algunas mujeres. Como señala Amelia Valcárcel: “Saber el significado de las palabras implica también saber por qué no existen algunas palabras. Hasta hace muy poco, pongamos por caso, las palabras que designaban profesiones respetables no tenían femenino. Abogadas, médicas, ingenieras y juezas, decanas y rectoras, presidentas y coronelas eran barbarismos. Algunas lo siguen siendo”. Como señala Kate Millet: “Recordemos que el ejército, la industria, la tecnología, las universidades, la ciencia, la política y las finanzas -en una palabra, todas las vías del poder, incluida la fuerza coercitiva de la policía- se encuentran por completo en manos masculinas. Y como la esencia de la política radica en el poder, el impacto de ese privilegio es infalible”.

La capacidad de nombrar y, por ende, de visibilizar, es necesaria para describir correctamente la realidad en la que vivimos. Como señala Adela Cortina: “La ideología, cuanto más silenciosa, más efectiva, porque ni siquiera se puede denunciar. Distorsiona la realidad ocultándola, envolviéndola en el manto de la invisibilidad, haciendo imposible distinguir los perfiles de las cosas. De ahí que la historia consista, al menos en cierta medida, en poner nombres a las cosas, tanto a las que pueden señalarse con el dedo como, sobre todo, a las que no pueden señalarse porque forman parte de la trama de nuestra realidad social, no del mundo físico”. Piensa, por ejemplo, en la expresión “violencia de género”. ¿Qué quiere decir exactamente? ¿a qué género se refiere? ¿por qué el lenguaje pretende oscurecer o invisibilizar la realidad? ¿no sería más correcto nombrarla como violencia machista y así poder describir lo que realmente ocurre, esto es, violencia del hombre hacia la mujer? Como apunta Geneviève Fraisse en relación al género: “Enfocado desde lo neutro, el género puede llegar a perder por completo la mirada incisiva sobre aquello que produce la o las diferencias, puede ser capaz de borrar la realidad”.

Ambos sabemos que lo que la sociedad piensa sobre hombres y mujeres es diferente. A cada sexo se le asocia un género y este último, no solo es jerárquico sino también axiológico, de manera que lo relacionado con el hombre siempre está mejor valorado. Como nos recuerda Genevieve Lloyd: “La propia distinción entre lo masculino y lo femenino ha actuado no como un simple principio descriptivo de clasificación, sino como la expresión de unos valores.” Debido a la diferente valoración que la sociedad otorga a los géneros podemos afirmar que el concepto de “igualdad de género” es una completa contradicción.

El género, como construcción social que surge en el seno del patriarcado, es jerárquico. No es una serie de comportamientos mutuamente decididos o consensuados por ambos sexos sino que supone la imposición de los hombres a las mujeres, como reflejan las siguientes dualidades: actividad y pasividad, esfera privada y pública, sometimiento y sumisión, trascendencia e inmanencia, producción y reproducción, etc. ¿Crees que la mujer no ha podido estudiar, votar o tener propiedades por su sexo o por su género? ¿ha sido apartada de la vida pública durante siglos por ser mujer o por lo que se ha creído que podían hacer las mujeres? ¿crees que el género nos puede ayudar en la búsqueda de igualdad entre hombres y mujeres? Como dice Betty Friedan: “El error, afirma la mística de la feminidad, la raíz de los males de las mujeres en el pasado, es que éstas envidiaban a los hombres y trataban de ser como ellos en lugar de aceptar su propia naturaleza, que solo puede hallar la plenitud a través de la pasividad sexual, la dominación masculina y el nutricio amor maternal”. El binarismo sexo/género ha ayudado al feminismo a analizar críticamente el determinismo biológico (estar predestinado por tu sexo y, por tanto, algo natural e incuestionable) así como las relaciones sociales y de poder. Mientras que la mujer es oprimida por su sexo, el género, como construcción social, nos ayuda a visibilizar de qué manera ocurre dicha opresión.

Por tanto, el objetivo del feminismo como teoría política está perfectamente definido y sus intenciones no pueden ser más claras: eliminar las desigualdades basadas en el sexo. La manera de lograrlo puede variar, como se puede observar con el feminismo liberal y el radical. El liberal quiere modificar ciertos elementos políticos y legales para favorecer a la mujer aunque siempre dentro del sistema que las oprime. Es cierto que este enfoque trata la desigualdad pero no la opresión sistémica que sufren las mujeres. Es importante recordar, en palabras de Alicia Miyares, la diferencia entre discriminación y opresión: “La discriminación significa diferenciar, distinguir y separar una cosa de otra y es el resultado de un prejuicio. Se vive una situación de discriminación cuando una persona o grupo de personas son tratadas de forma desfavorable por presentar unas características específicas —orientación sexual, religión, nacionalidad de origen, edad, discapacidad, entre otras— y por ellas son tratadas de forma diferente. La opresión, por el contrario, presenta unos rasgos universales que, partiendo de una relación desigual en el acceso a los bienes, consiste en imponer al grupo social oprimido el cumplimiento de unas pautas y normas sociales que determinan y son la base de la organización social.”

Al contrario que el feminismo liberal, el feminismo radical busca eliminar el patriarcado al considerarlo el sistema de dominación que promueve todas las desigualdades. No pretende cambiar las piezas de lugar sino derrocar al sistema opresor. Recuerda no caer en la trampa de pensar en el feminismo radical como un movimiento violento. Como bien nos señala Celia Amorós: “El feminismo radical es la teorización que apunta directamente al corazón o a la raíz de las condiciones de dominación que soportan las mujeres en las sociedades patriarcales.” 

Y hablando de feminismo debes saber algo: es una teoría hecha por mujeres para mujeres. Fueron las mujeres las que pelearon por sus derechos y las únicas que conocen lo que significa socialmente ser una mujer y nacer en un cuerpo de mujer. Por este motivo, las mujeres, como impulsoras y principales protagonistas del movimiento y de sus luchas, son consideradas el sujeto político del feminismo. Fueron ellas las que tuvieron que descubrir la rueda en cada etapa de la historia porque nunca tuvieron referentes en las que apoyarse. En palabras de Gerda Lerner: “Sin conocimiento del pasado de las mujeres, ningún grupo de mujeres podía poner a prueba sus propias ideas en contra de las ideas de sus iguales. Cada mujer pensante tenía que discutir con el «gran hombre» en su cabeza, en vez de ser reforzada e incentivada por sus predecesoras. Para las mujeres pensantes, la ausencia de una Historia de las mujeres fue quizás el obstáculo más grave para su crecimiento intelectual

Los hombres podemos y debemos defender la causa feminista aunque seamos conscientes de no poder conocer nunca la total perspectiva vital de una mujer. La experiencia vital de una mujer es difícil de entender para el hombre por lo que pretender reducir a la mujer a un sentimiento me parece descabellado. Una mujer no se siente mujer, simplemente lo es. Y su opresión en este mundo viene de su condición de mujer, de su sexo y no de su sentimiento. Esa subordinación, a veces obvia pero muchas veces invisible por el hecho de haber sido completamente asumida, solo puede conocerse habiendo nacido en un cuerpo de mujer. Como nos recuerda Victoria Camps en relación a John Stuart Mill: “El libro de Mill está precedido de un párrafo en el que su autor reconoce que sin el concurso y, sobre todo, inspiración de Harriet Taylor no hubiera llegado a la concepción de la libertad que defiende. Fue la relación afectiva e intelectual con una mujer que quiso ser libre lo que le enseñó que cualquier subordinación es una negación del respeto que uno se debe a sí mismo y que la libertad es una conquista del individuo”.

Ahora que conoces mínimamente la teoría feminista, comencemos analizando las implicaciones o consecuencias que tienen para las mujeres algunos de los enunciados transgeneristas para que así puedas valorar si éstos podrían ser feministas. Empecemos por el más popular: “una mujer trans es una mujer”. Cuando asumes que un hombre biológico que se autopercibe mujer es en realidad una mujer y que, por respeto y para no insultarla, debo tratarla como tal porque es así como esa persona lo desea, me estás pidiendo algo más de lo que crees con ese simple gesto. Y te explicaré por qué. Asumir que una mujer trans es una mujer porque así lo siente es asumir toda la carga ideológica que ese enunciado tiene. En filosofía se llama solipsismo: no hay más realidad que la que uno mismo percibe. De forma más prosaica: individualismo o subjetivismo extremo. Con una postura transgenerista estás asumiendo que el sexo biológico no se observa sino que se asigna al nacer, que dicho sexo se puede cambiar o reasignar, que hay personas que han nacido en el cuerpo equivocado y, por tanto, que el cuerpo debe ser corregido, y un largo etcétera. Estás asumiendo enunciados acientíficos puesto que el sexo no se puede cambiar. En mi opinión, un hombre biológico que se autopercibe mujer puede ser una mujer a ojos de la ley pero no de la razón.

Por tanto, este caso no tiene nada que ver con ofender a la persona si no se le trata como tal sino con la honestidad, con el respeto de unos valores y a uno mismo. Y tus valores, así como los intereses que defiendes, son diferentes a los míos. Tú has decidido no ofender a esa persona porque lo consideras una falta gravísima de reconocimiento. Yo decido no apoyar ese enunciado porque asumir que el sexo biológico (o sexo registral en la ley) se puede cambiar tiene como objetivo desarticular la teoría feminista, que trata de luchar contra las desigualdades basadas en el sexo. Por ello, todas las implicaciones de tu enunciado llevan a la misoginia. Como apunta Paulo Freire: “¿Qué otra cosa es mi neutralidad sino una manera tal vez cómoda, pero hipócrita, de esconder mi opción o mi miedo de denunciar la injusticia? «Lavarse las manos» frente a la opresión es reforzar el poder del opresor, es optar por él”. Y a esto me refiero cuando te digo que nuestras posiciones son antagónicas: asumir los postulados del transgenerismo es antifeminista. Tú estás del lado transgenerista mientras que yo estoy del lado de las mujeres y en contra de los postulados transgeneristas. No debemos permanecer neutrales ante actitudes que consideramos injustas.

Lamentablemente, esta sociedad nos ha hecho creer que rechazar unos postulados dogmáticos aparentemente inofensivos (sexo y género son intercambiables, sentidos y mutables), implica un rechazo hacia las personas que los apoyan. No está de más recordarte que yo rechazo las ideas, no a las personas. Debemos respetar a las personas pero también a nosotros mismos. Es importante que prestemos atención porque el tema que tenemos entre manos requiere de una profunda reflexión para que podamos destapar aquello que puede quedar oculto tras las palabras, aquello que no se dice pero que sí está. Quedarse en la superficie demostraría una gran falta de compromiso por nuestra parte. Sigamos.

Los transgeneristas “juegan” con el género: bigénero, no binario, agénero…y así hasta el infinito. En definitiva, necesitan de la existencia del género. El transgenerismo, tras el velo de la libertad de poder pertenecer al género que quieras, lo perpetúa. Y perpetuar el género es misoginia debido a la opresión que éste supone para las mujeres. Como dice Sheila Jeffreys: “El transgenerismo es, de hecho, transgresor, pero de los derechos de las mujeres y no del sistema opresivo.” Debes saber que el género constriñe, encorseta y frustra a las personas en una serie de expectativas. ¿Qué significa ser un hombre masculino o femenino? ¿y una mujer masculina o femenina? ¿existe el “lado femenino”? ¿y las “nuevas masculinidades”? ¿qué significa ser un hombre afeminado? ¿y una marimacho? ¿crees que los hombres son racionales y las mujeres emocionales? ¿Cómo conseguirá el transgenerismo solucionar las desigualdades existentes a base de “jugar” con el género? ¿Crees que es posible liberar a la mujer de su opresión reforzando los estereotipos?

Como puedes ver, las expectativas asociadas a uno u otro sexo juegan un papel crucial en el comportamiento social, provocando una gran confusión y sufrimiento en aquellas personas que quieren vivir una vida plena pero que, al mismo tiempo, no pueden evitar que sus vidas sean dirigidas por los mandatos de género. ¿Crees que podemos considerarnos sujetos libres utilizando el binarismo masculino/femenino? ¿crees que podemos actuar evitando el binarismo o piensas que éste ha sido totalmente asimilado? ¿crees que conocer el binarismo nos ayuda a entender nuestro condicionamiento social? Considero que los seres humanos somos mucho más complejos y ricos que el limitante binarismo actual, fruto de la fantasía de la sociedad en general y del hombre en particular como clase opresora, que determina cómo debemos responder y con qué estereotipo nos debemos identificar. En la conocida frase “no se nace mujer, se llega a serlo”, Simone de Beauvoir quería trasladar a la sociedad que la mujer no nace con los atributos asociados a la feminidad (modesta, sumisa, afectuosa, etc) sino que llega a serlo gracias a la educación recibida. Por tanto, lo que se le impone a cada sexo no viene determinado por su biología sino por los mandatos de la sociedad, por la cultura. Como dice Aurelia Martin: “El género pone de manifiesto que las diferencias sociales entre hombres y mujeres no son inmutables ni universales ni objetivas”.

Tristemente somos testigos de cómo la frase de Beauvoir comentada anteriormente ha sido deliberadamente tergiversada para justificar las posiciones transgeneristas, alentando a los transexuales a realizar un duro e imposible proceso para hacer coincidir el sexo con el género. Hemos pasado de nacer con un sexo biológico (realidad material) y aceptar o rechazar el género (construcción social) a una situación en la cual el género, como verdadera realidad, debe determinar el sexo. Ahora, todo gira en torno al género y el sexo se debe corregir para que exista concordancia. Como señala Kajsa Ekis Elkman: “En los últimos años la prensa ha publicado reportajes sobre gente que finalmente ha llegado a «ser lo que es». El matiz es significativo: visto así, uno no es quien es, sino que debe llegar a ser quien es. El yo verdadero es el género de cada uno, y el género ya no es una construcción social sino una identidad individual”. Nuevamente, vemos cómo la posición transgenerista y la feminista son antagónicas. Mientras que la primera desea jugar con el género, la segunda desea abolirlo, no solo porque sea limitante sino también porque es opresor para la mujer. Si su eliminación es posible es otra cuestión.

Cuando afirmas que una mujer trans es una mujer estás asumiendo que lo más importante no es el sexo o biología sino el género o construcción social. Si somos conscientes de que una mujer trans no es una mujer biológica, ¿decimos que es mujer únicamente porque está reforzando su idea de feminidad? ¿ser mujer es potenciar dichos estereotipos? ¿ser mujer es desearlo o decirlo? Tu enunciado tiene una carga ideológica que no comparto. Es la clave de la teoría Queer, un movimiento puramente lingüístico que juega por igual con los géneros como con las palabras, tergiversando los conceptos: ahora el sexo es un constructo social y lo que de verdad nos define es el género, es decir, el estereotipo que reforzamos. “El género, entendido como gestos, atuendo y apariencia o, en palabras de Judith Butler, «representación» (Sheila Jeffreys).

El género es ahora “performativo”, es decir, se construye a través de la acción por lo que no es necesario fijar una identidad ya que eso resultaría opresor. ¿Crees que es mejor moverse por el género o eliminarlo? ¿mover las fichas o eliminar el tablero? Con la posición transgenerista hemos pasado de pensar en el sexo como algo biológico y el género como su construcción cultural, a una situación en la cual la verdadera realidad material es el género, es decir, los estereotipos, que a su vez conllevan unos prejuicios relacionados con uno u otro sexo. Ahora es momento de hacernos la siguiente pregunta: ¿Este enfoque soluciona los verdaderos problemas de las mujeres? ¿Fluir entre géneros consigue eliminar las desigualdades en las que viven las mujeres? ¿Este planteamiento beneficia a las mujeres en algún sentido? Por supuesto que no.

Si la biología afirma que no es posible cambiar de sexo, ¿por qué parece que la ley trans nos hace creer que podemos realizar un cambio de sexo registral al igual que un cambio en nuestro sexo biológico? ¿A qué se refiere cuando dice “sexo asignado al nacer”? ¿El sexo se asigna o se observa? ¿Qué características nos hacen pertenecer a uno y otro sexo? Podemos tomar fármacos para cambiar la imagen que tenemos de nosotros mismos o cómo nos perciben los demás, puesto que la autopercepción (identidad personal) está condicionada por la mirada de los otros (identidad social), pero eso nunca nos hará cambiar de sexo. No hay ninguna manera en que un hombre pueda convertirse en mujer, excepto mediante el uso de las palabras, es decir, ligüísticamente. De ahí la importancia del lenguaje.

Con el lenguaje y su poder para nombrar podemos visibilizar u ocultar, como podemos observar con el uso inadecuado del término génerico trans, pues establece una falsa equivalencia entre transexualidad y transgénero, invisibilizando las diferentes expectativas de cada grupo de personas. Mientras que las personas transgénero no se identifican con el binarismo de género pero fluyen entre los diferentes comportamientos asociados a dichos géneros establecidos, las personas transexuales desean que su cuerpo sea intervenido para que el género con el que se identifican coincida con su cuerpo, transicionando de hombre hasta “llegar a ser” mujer. Dejando a un lado las posibles divergencias entre ambas posiciones, es importante no perder el foco del problema: la autodeterminación de sexo establecida por la ley trans perjudica seriamente a las mujeres y mi intención es que entendamos el porqué.

De la misma manera que la palabra trans invisibiliza, la política Queer agrupa a todas las personas transgresoras, definidas como “minorías sexuales” o “disidentes sexuales”. Establece alianzas buscando la total inclusividad pero corriendo el riesgo de invisibilizar las necesidades y luchas de cada grupo. Por ejemplo, mientras que las luchas del colectivo LGB son relativas a las orientaciones sexuales, el transgenerismo busca un reconocimiento relativo a su identidad. Considero que definir la lucha, tanto la individual como la grupal, es crucial para que no nos desviemos del foco de nuestra reivindicación. ¿Qué luchas persigo yo como individuo y como grupo? ¿debería el feminismo unirse o mantenerse al margen?

A medida que lees este texto y pones atención en las ideas y argumentos que trato de expresarte, transitas por diferentes fases. Puedes no estar de acuerdo con las ideas o bien, “identificarte” con ellas. Pero tú no eres esa idea que yo presento, la idea no se origina en ti sino que tienes el deseo de identificarte con ella porque entras en sintonía con ella, te “representa”. Quizá dentro de un tiempo te identifiques con otras ideas, puesto que somos seres humanos cambiantes que se proyectan hacia el futuro mediante procesos dinámicos. Por esta razón, con las identidades realizamos un viaje de lo interno (subjetividad) a la externo (identificación con un modelo), del sujeto al objeto. Con las teorías identitarias se adoptan posturas esencialistas (“llegar a ser lo que es”) y con esta cosmovisión, la mujer como hembra adulta de la especie humana, es ahora una definición reaccionaria o perteneciente al pasado por estar respaldada por la ciencia. ¿No ves que el transgenerismo está borrando a las mujeres? Me da la sensación de que no eres tan sensible con ese tema como con no ofender la autopercepción de las personas.

Cuando asumes que una mujer trans es una mujer y que las lesbianas (mujeres atraídas por mujeres) deberían poder sentirse atraídas por una mujer trans (o en su defecto, ser tránsfobas), eso es misoginia. No olvides que estás tratando de emparejar lesbianas (orientación sexual) con hombres que se autoperciben como mujer (teorías identitarias). ¿Crees que una mujer debería tolerar eso? ¿crees que una lesbiana tiene la posibilidad de sentir atracción sexual por una mujer con pene? Lo dudo. Para entender el porqué, es importante conocer el nacimiento del movimiento lesbiano, que surgió como amor entre mujeres y su total desvinculación del sistema de opresión de los hombres, de la sexualidad falocéntrica. Con esto te quiero hacer ver que tu empatía está totalmente sesgada. Empatizas con las necesidades de un hombre que se autopercibe mujer pero no tienes en cuenta en ningún momento las implicaciones que dicho enunciado tiene para las mujeres. ¿Transfobia o misoginia? ¿es posible escapar de este binarismo?

La visión transgenerista busca resignificar los conceptos con la finalidad de reconfigurar la realidad que nos rodea (ahora la mujer oprimida es una cismujer privilegiada). Mientras, el borrado del sexo como categoría permite a hombres biológicos participar en deportes femeninos, acceder a cargos políticos usurpando las cuotas de paridad, obtener becas y ayudas destinadas a la mujer, solicitar cambio a prisiones de mujeres, así como ocupar espacios reservados exclusivamente para mujeres. Siglos de luchas y conquistas se desvanecen en un instante porque el deseo de ser mujer está por encima de lo que ha significado ser mujer. Para ti esto no resulta problemático porque consideras que una mujer trans es una mujer a todos los efectos, dando por finalizado el problema. Pero, ¿hemos resuelto realmente el problema? ¿ha sido la mujer liberada de su opresión y de la desigualdad? ¿La mujer lo tiene más fácil que antes? Lo dudo.

Todo esto te puede resultar chismoso, curioso, anecdótico y, como has dicho en alguna ocasión, pura teoría. El asunto es que, a pesar de todas las consecuencias de la ideología, solo te he escuchado poner el grito en el cielo cuando a una mujer trans se le llama hombre. Creo que estás llevando el subjetivismo a lo alto de tu escala de valores. ¿Cómo es posible que se afirme que una mujer trans es una mujer pero que no se pueda responder a la pregunta sobre qué es una mujer, incluida en el propio enunciado? Si el término de mujer trans contiene dos palabras, ¿por qué querer definir una de ellas es sinónimo de transfobia?

Si leemos con atención la frase, “una mujer trans es una mujer”, debemos reflexionar de forma crítica sobre sus implicaciones y, sobre todo, preguntarnos cómo es posible que responder a la pregunta “¿qué es una mujer?” no solo se haya vuelto irresoluble sino que la mera formulación de la pregunta sea una fuente de odio para la sociedad. Si ser mujer no tiene relación con la biología, ¿qué define a las mujeres? ¿es la mujer nuestra idea de feminidad? Si se es mujer por el mero hecho de enunciarlo, ¿hacia qué mujer se transiciona si ya se es mujer? ¿por qué es necesario modificar el cuerpo? ¿es nuestra mente la que impone la idea de mujer o la sociedad en la que estamos inmersos? Si la mente nos dirige, ¿sería posible que nos estuviera engañando? ¿dónde se alojan los sentimientos? ¿podemos confiar plenamente en lo que sentimos? ¿los deseos y los sentimientos están construidos socialmente?

Si me preguntas de qué lado estoy te diré que estoy con las personas. Si me pides que afine más te diré que estoy del lado de las mujeres. Y estar del lado de las mujeres no me permite aceptar ciertos dogmas que tú consideras razonables o inofensivos. Por tanto, esto no se trata únicamente de un hombre que se siente mujer y, por tanto, “es mujer”. Tiene que ver con el hecho de que ahora hay hombres que no solo pueden usurpar la categoría mujer sino todo lo que implica ser mujer. ¿Sabes que hay mujeres trans con trauma por no tener la regla? ¿cómo podemos explicar esto? ¿es razonable tener traumas por cuestiones que no pertenecen a tu biología?

Podemos seguir tensando la argumentación propia del transgenerismo ya que dentro del subjetivismo y de la autopercepción también puedes encontrar: personas transespecie, que no se identifican como totalmente humanos; personas transraciales, por ejemplo, personas blancas que se identifican como negras; personas transedad, que se identifican con bebés; personas transcapacidad, que sienten que quieren tener una discapacidad. ¿Dónde ponemos el límite a los sentimientos, al subjetivismo y a la autopercepción? ¿deberíamos legislar basándonos en lo que sentimos respecto de la edad, la raza o la clase? No lo creo. Como dice Rosa María Rodríguez Magda: “De un sentimiento no se deriva ni un hecho, ni una realidad, ni una consecuencia jurídica. La ciencia y el derecho se atienen a hechos no a sentimientos”. Por tanto, ya no se trata solo de las consecuencias nefastas que tiene la autodeterminación del sexo para las mujeres sino que legislar en base a los sentimientos creará una sociedad individualista y fragmentada.

Parece que la eliminación del sexo como categoría está en camino pero, ¿cuestionaremos también la edad, la raza y la clase por los mismos motivos? Podemos divagar sobre ello pero lo que seguro que sabes es que, por el momento, todo el lenguaje y todos los documentos oficiales se están amoldando a las necesidades de un grupo de personas que no se preocupan en absoluto por las mujeres porque, si no fuera así, ¿cómo explicas que una persona, sea de una u otra postura, pueda tolerar que a una mujer se le llame “no-hombre” y no poner el grito en el cielo? Esto es gracias a toda la gente que calla, tanto hombres como mujeres. Y porque, no nos engañemos, llevamos siglos siendo educados (socialización de género) para mantener esta estructura de poder: los hombres para el sometimiento y las mujeres para la sumisión. Por ello te vas a encontrar mujeres que no lo vean tan mal, están tan dentro del sistema que las oprime que ni se dan cuenta. De eso se trata con tomar conciencia: distanciarse, tener perspectiva para poder evaluar de forma objetiva.

Sin conciencia, la misoginia también puede venir de la mujer, de una mujer que no se respeta a sí misma. Y si no hablamos, no es posible despertar conciencias. Por eso, el diálogo debe continuar. Como nos recuerda Amelia Valcárcel: “Solo cuando la libertad está presente entonces la norma que padecíamos nos puede empezar a parecer muy gravosa. O, dicho en otros términos, que -lo que es notable- para percibir lo injusta que es una situación hay que poder primero haberse separado relativamente de ella. Si no, simplemente la situación se vive como paisaje. Si le preguntáramos a alguien que estuvo en el fondo del mar cómo era aquello, nos dirá todo menos húmedo. El medio, lo más presente, la estructura profunda, no se percibe”.

La pornografía, la prostitución y la explotación reproductiva de la mujer son ejemplos del poder del patriarcado, del sistema hegemónico de opresión de los hombres sobre las mujeres. Soy abolicionista de todo ello y los considero síntomas de la degradación de la sociedad. Como nos recuerda Adela Cortina: “Es verdad que todo necio confunde valor y precio. Es verdad que cínico es quien conoce el precio de todas las cosas y el valor de ninguna. Porque no es lo mismo el valor que el precio, aunque hayamos acabado creyéndolo así por esta obsesión de convertirlo todo en mercancía que puede intercambiare por un precio, hasta las relaciones humanas”.

Este sistema neoliberal nos quiere hacer ver la erotización de las desigualdades (pornografía), el derecho a decidir (prostitución) y el cumplimiento del deseo de terceras personas (explotación reproductiva) como hitos sociales y progreso. Actualmente, vemos que el deseo personal está por encima de la dignidad de las mujeres. No se trata a las mujeres como fines en sí mismos o como seres humanos con un valor intrínseco sino como objetos o instrumentos para el deseo ajeno. Para mí, nuevas líneas rojas. ¿Es feminista apoyar cualquier propuesta que denigre a la mujer y la utilice como un objeto y no como un ser humano pleno? Pues hay colectivos que se hacen llamar “feministas” que esto les parece lo más normal porque, claro, hay tantos feminismos como géneros. Pero recuerda, cuando el feminismo lleve “s”, trata de ir más allá y buscar aquello en lo que confluyen.

Ese feminismo, el que tú llamas clásico pero que tiene una tradición de casi tres siglos, no ha parado de luchar por los derechos de la mujer. Sabemos que el feminismo no puede ni debe librar todas las batallas por lo que se centra en no perder el foco de su principal lucha: la eliminación de las desigualdades basadas en el sexo. Si eliminamos la categoría sexo por considerarla irrelevante, ¿cómo visibilizaremos las desigualdades existentes basadas en el sexo? Si el sexo es un constructo social, ¿significa que las mujeres han sido oprimidas durante siglos por haberse autopercibido incorrectamente como mujeres? ¿sería posible eliminar las desigualdades existentes si todo el mundo se autopercibiera como hombre o mujer? Si seguimos adelante con esta manera de pensar, ¿sería entonces posible eliminar el racismo jugando con la raza? ¿eliminar la pobreza fluyendo entre clases sociales?

Cuando has leído sobre las luchas que llevaron a cabo las mujeres entiendes que las desigualdades no desaparecen de forma espontánea. Son necesarias ciertas categorías para poder nombrar y, por ende, visibilizar y luchar. Es cierto que la mujer puede sufrir todavía mayor opresión por otras categorías como el género (cultura), la clase (acceso a los recursos), la raza y la orientación sexual. No obstante, todas las categorías confluyen hacia una idea básica: la opresión se dirige siempre hacia la mujer. En palabras de Catharine MacKinnon: “Existe una relación entre cómo ve una teoría y lo que ve. Sería una distorsión imaginar un método marxista sin clase o un método feminista sin sexo.”

Soy consciente de que en un mundo con igualdad entre hombres y mujeres no sería necesaria la categoría sexo, pues sería irrelevante. Desgraciadamente vivimos en un mundo asimétrico en el que hombres y mujeres no son tratados de la misma manera desde el mismo momento de su nacimiento, un mundo donde podemos observar la cosificación que los hombres ejercen sobre las mujeres, un mundo en el que todavía hay mujeres que no pueden jugar, estudiar o ser dueñas de sus propias vidas. En definitiva, un mundo en el que las mujeres no son sujetos plenos al igual que lo son los hombres. Como nos recuerda Martha Nussbaum: “En muchas culturas, las niñas pequeñas nunca son estimuladas a jugar, por lo que realmente no saben cómo hacerlo. Dejándolas dentro de sus hogares por miedo al peligro o a la impureza, puestas a realizar tareas domésticas, estas niñas se vuelven como mujeres viejas antes de haber sido realmente jóvenes. Se anima a los muchachitos para que sean valerosos tanto física cuanto mentalmente: ellos corren de aquí para allá y exploran su entorno con juegos y astucia. Este tipo de desarrollo humano queda simplemente fuera del alcance de muchas niñas”.

Ambos sabemos que no estamos en un mundo igualitario y ese debería ser nuestro primer objetivo común. Ojalá podamos caminar hacia un mundo en el que el cambio de sexo no implique toda la carga que a día de hoy tiene para las mujeres. Propongo comenzar juntos nuestro camino concentrando los esfuerzos y poniendo nuestro foco en lograr la igualdad real entre hombres y mujeres, no solo en el ámbito local sino aspirando a lo global, no solo con palabras sino también con hechos. ¿Es posible que lo logremos? No lo sé, pero de eso trata la utopía, de caminar. Y si es con compañía, mucho mejor.

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