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Francisco Mora. Neuroeducación.

Aprender no solo es percibir y alcanzar el significado de lo percibido y su memorización, sino fundamentalmente asociar percepciones o ideas y encontrar en ellas nuevos significados. Aprender no es como un “rayo”, una sacudida que de pronto con su luz ilumina el significado de lo aprendido. Aprender es un laborioso proceso que necesita de un tempo pausado, necesario, compuesto de multitud de ingredientes cognitivos, entre ellos la emoción, que permiten realizar esa tarea y alcanzar el significado de lo que se intenta aprender. Pero aun tras haber alcanzado esto, todavía se requiere de un largo proceso de clarificación y limpieza de errores. Esta clarificación exige de la repetición constante de lo aparentemente aprendido, rectificando con ello los equívocos y errores que se cometen. Por eso aprender, aprender bien, requiere potenciar en los niños, y no solo permitir, que se equivoquen solos. El error, el equívoco, debe considerarse parte o ingrediente fundamental del propio proceso de aprendizaje, pues sin errores y su rectificación constante no hay verdadero aprendizaje. Es más, sin error y su rectificación no hay creatividad, que es el máximo de lo que nos permite aprender algo nuevo.”

Hoy sabemos que hay maestros con larga experiencia y profundos conocimientos que fallan en sus enseñanzas por falta de empatía y habilidades de comunicación social, lo que lleva a algunos niños, desde ese naciente impulso a aprender, a terminar con un apagón en el interés por las materias. En cambio hay otros maestros que, sin tanto conocimiento e incluso significativamente menos conocimientos, abren la mente de los niños, los inspiran, los vuelven curiosos por el conocimiento, gracias a sus cualidades para la empatía o porque han cuidado y ampliado sus habilidades sociales y de comunicación. La empatía, pues, el acercamiento emocional, es la puerta que abre el conocimiento y, con él, la construcción de un buen ser humano.”

En la escuela se aprende no solo a leer, escribir y hacer cálculo y matemáticas, sino a convivir, a vivir temprano en sociedad y sacar con ello otros aprendizajes que son los que permiten luego una buena adaptación social. Por eso se dice que la función de las escuelas no solo es instructiva, sino educativa. Aprender, memorizar y relacionarse con los demás es adquirir capacidades y habilidades que sirvan dentro y fuera del colegio. Aprender en la escuela es como adquirir una fluidez en la cadena de pensamientos y emociones que nos conducen a la toma final de una decisión social. Que nos conducen a controlar nuestras conductas y acciones. A controlar nuestras respuestas emocionales. Que en definitiva refiere a esas funciones ejecutivas o control de uno mismo, o, si se quiere, a tener un control sobre lo que se piensa, se siente y se hace.”

Internet y las redes sociales son el producto hoy de una locura colectiva en la que los intercambios humanos se realizan a grandes velocidades. Crecer rápido, obtener recompensas rápido, preguntar y contestar rápido, aceptar o rechazar propuestas rápido, ganar protagonismo individual rápido, ganar dinero rápido, obtener placer rápido. Todo requiere hacerse rápido para poder hacer más cosas en un tiempo físico que es el que es. Esto lleva a reducir el tiempo que se dedica a cada cosa, incluido el tiempo dedicado a las relaciones humanas. Pero, ¿de dónde y qué ha hecho que la humanidad haya entrado en esa vorágine, en esa locura que requiere, a su vez, una renovación de todo lo que nos rodea? ¿No es la consecuencia de todo esto una desafección, una falta de “tiempo real” para las relaciones humanas con las que poder desarrollar ese núcleo tan fundamental que es la empatía, y aprender y conocer “al otro real” y no “al otro digital”? Comienza a notarse lejanía y de ahí Twitter y Facebook, cuyo éxito estriba en que compensan la falta de afecto personal hacia la persona “real” convertida esta vez en “sombra” que no se toca ni se huele ni se ve ni se oye en su auténtica dimensión humana, dando lugar a la construcción de un ser”cibernético” del que tenemos necesidad, pero necesidad “rápida”. ¿No estamos violando con internet los códigos “saludables”, construidos a lo largo de millones de años, de nuestros cerebros? ¿Acaso todo esto no influirá en la enseñanza y la educación?

Es cierto que navegar en internet necesita de un foco de atención muy corto y siempre cambiante, y ello puede ir en detrimento del desarrollo de una atención sostenida, ejecutiva, que es la que se requiere para el estudio. De hecho, empieza a hablarse de una nueva forma de atención producida por internet. Y esto no es baladí, pues ya conocemos los varios tipos de atención con circuitos neuronales específicos y es posible que el entrenamiento excesivo de unos pudiera ir en detrimento del funcionamiento de los otros y, en consecuencia, afectar los procesos de aprendizaje y memoria. Es más, se ha sugerido que todo ello pudiera reducir el tiempo que queda para dedicar al pensamiento reposado, lento, profundo y verdaderamente creativo.”

SINOPSIS

“Desde la primera edición de “Neuroeducación”, hace ya cuatro años, se ha incrementado enormemente el interés por una nueva enseñanza y educación basadas en cómo funciona el cerebro.

Es un hecho incontrovertible que lo que somos, pensamos, sentimos, aprendemos, memorizamos y expresamos en nuestra conducta y lenguaje es expresión del funcionamiento de nuestro cerebro en interacción constante con el resto de los órganos del cuerpo, y de este con todo lo que le rodea, desde lo físico y lo químico, a lo familiar, lo social y la cultura en que se vive.

En los 22 capítulos que constituyen este libro que ahora presentamos en su segunda edición revisada, se habla de la importancia de la emoción y la empatía, de la curiosidad, de los mecanismos de la atención, del propio proceso cerebral del aprendizaje y consolidación de la memoria, de los ritmos circadianos y de tantos otros ingredientes que influyen para innovar y mejorar la enseñanza. El interés generado nos lleva a albergar con ilusión la esperanza de que ocurran cambios importantes en nuestras sociedades occidentales, en donde, por fin, se comience a reconocer y aceptar ” con calado ” que el ser humano es lo que la educación hace de él.”

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