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George Steiner. Lecciones de los Maestros.

La libido sciendi, el deseo de conocimiento, el ansia de comprender, est√° grabada en los mejores hombres y mujeres. Tambi√©n lo est√° la vocaci√≥n de ense√Īar. No hay oficio m√°s privilegiado. Despertar en otros seres humanos poderes, sue√Īos que est√°n m√°s all√° de los nuestros; inducir en otros el amor por lo que nosotros amamos; hacer de nuestro presente interior el futuro de ellos: √©sta es una triple aventura que no se parece a ninguna otra. Conforme se ampl√≠a, la familia compuesta por nuestros antiguos alumnos se asemeja a la ramificaci√≥n, al verde de un tronco que envejece (yo tengo alumnos de los cinco continentes). Es una satisfacci√≥n incomparable ser el servidor, el correo de lo esencial, sabiendo perfectamente que muy pocos pueden ser creadores o descubridores de primera categor√≠a. Hasta en un nivel humilde -el del maestro de escuela-, ense√Īar, ense√Īar bien, es ser c√≥mplice de una posibilidad trascendente. Si lo despertamos, ese ni√Īo exasperante de la √ļltima fila tal vez escriba versos, tal vez conjeture el teorema que mantendr√° ocupados a los siglos. Una sociedad como la del beneficio desenfrenado, que no honra a sus maestros, es una sociedad fallida. Cuando hombres y mujeres se afanan descalzos en buscar un Maestro (un frecuente tropo has√≠dico), la fuerza vital del esp√≠ritu est√° salvaguardada.

Hemos visto que el Magisterio es falible, que los celos, la vanidad, la falsedad y la traici√≥n se inmiscuyen de manera casi inevitable. Pero sus esperanzas siempre renovadas, la maravilla imperfecta de la cosa, nos dirigen a la dignitas que hay en el ser humano, a su regreso a su mejor yo. Ning√ļn medio mec√°nico, por expedito que sea; ning√ļn materialismo, por triunfante que sea, pueden erradicar el amanecer que experimentamos cuando hemos comprendido a un Maestro. Esa alegr√≠a no logra en modo alguno aliviar la muerte. Pero nos hace enfurecernos por el desperdicio que supone. ¬ŅYa no hay tiempo para otra lecci√≥n?”

Ense√Īar con seriedad es poner las manos en lo que tiene de m√°s vital el ser humano. Es buscar acceso a la carne viva, a lo m√°s √≠ntimo de la integridad de un ni√Īo o de un adulto. Un Maestro invade, irrumpe, puede arrasar con el fin de limpiar y reconstruir. Una ense√Īanza deficiente, una rutina pedag√≥gica, un estilo de instrucci√≥n que, conscientemente o no, sea c√≠nico en sus metas meramente utilitarias, son destructivas. Arrancan de ra√≠z la esperanza. La mala ense√Īanza es, casi literalmente, asesina y, metaf√≥ricamente, un pecado. Disminuye al alumno, reduce a la gris inanidad el motivo que se presenta. Instila en la sensibilidad del ni√Īo o del adulto el m√°s corrosivo de los √°cidos, el aburrimiento, el gas metano del hast√≠o. Millones de personas han matado las matem√°ticas, la poes√≠a, el pensamiento l√≥gico con una ense√Īanza muerta y la vengativa mediocridad, acaso subconsciente, de unos pedagogos frustrados. Las estampas de Moli√®re son implacables.

La antiense√Īanza, estad√≠sticamente, est√° cerca de ser la norma. Los buenos profesores, los que prenden fuego en las almas nacientes de sus alumnos, son tal vez m√°s escasos que los artistas virtuosos o los sabios. Los maestros de escuela que forman el alma y el cuerpo, que saben lo que est√° en juego, que son conscientes de la interrelaci√≥n de confianza y vulnerabilidad, de la fusi√≥n org√°nica de responsabilidad y respuesta (lo que yo llamar√≠a ‚Äúrespuestabilidad‚ÄĚ) son alarmantemente pocos. Ovidio nos recuerda que ‚Äúno hay mayor maravilla‚ÄĚ. En realidad, como sabemos, la mayor√≠a de aquellos a quienes confiamos a nuestros hijos en la ense√Īanza secundaria, a quienes acudimos en busca de gu√≠a y ejemplo, son unos sepultureros m√°s o menos afables. Se esfuerzan en rebajar a sus alumnos a su propio nivel de faena mediocre. No ‚Äúabre Delfos‚ÄĚ sino que lo cierran.”

Evidentemente, las artes y los actos de ense√Īanza son, en el sentido propio de este t√©rmino tan denostado, dial√©cticos. El Maestro aprende del disc√≠pulo y es modificado por esta interrelaci√≥n en lo que se convierte, idealmente, en un proceso de intercambio. La donaci√≥n se torna rec√≠proca, como sucede en los laberintos del amor. ‚ÄúCuando soy m√°s yo es cuando soy t√ļ‚ÄĚ, como dijo Celan. Los Maestros repudian a los disc√≠pulos si los hallan indignos o desleales. El disc√≠pulo, a su vez, piensa que ha dejado atr√°s a su Maestro, que debe abandonar a su Maestro para convertirse en s√≠ mismo (Wittgenstein le conminar√° que as√≠ lo haga). Esta superaci√≥n del Maestro, con sus componentes psicoanal√≠ticos de rebeli√≥n ed√≠pica, puede ser causa de tristeza traum√°tica. Como cuando Dante se despide de Virgilio en el Purgatorio, o en The master of go, de Kawabata. O acaso puede ser una causa de vengativa satisfacci√≥n tanto en la ficci√≥n -Wagner triunfa sobre Fausto- como en la realidad -Heidegger prevalece sobre Husserl y lo humilla. Son algunos de estos m√ļltiples encuentros en la filosof√≠a, en la literatura o en la m√ļsica lo que quiero considerar ahora.”

La ense√Īanza aut√©ntica puede ser una empresa terriblemente peligrosa. El Maestro vivo toma en sus manos lo m√°s √≠ntimo de sus alumnos, la materia fr√°gil e incendiaria de sus posibilidades. Accede a lo que concebimos como el alma y las ra√≠ces del ser, un acceso del cual la seducci√≥n er√≥tica es la versi√≥n menor, si bien metaf√≥rica. Ense√Īar sin un grave temor, sin una atribulada reverencia por los riesgos que comporta, es una frivolidad. Hacerlo sin considerar cu√°les puedan ser las consecuencias individuales y sociales es ceguera. Ense√Īar es despertar dudas en los alumnos, formar para la disconformidad. Es educar al disc√≠pulo para la marcha (‚ÄúAhora, dejadme‚ÄĚ, ordena Zaratrusta). Un Maestro v√°lido debe, al final, estar solo.”

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SINOPSIS

El intenso encuentro personal entre maestro y disc√≠pulo es lo que interesa a George Steiner en este libro, una reflexi√≥n acerca de la infinita complejidad y la sutil interacci√≥n de poder, confianza y pasi√≥n en los g√©neros m√°s profundos de pedagog√≠a. Basado en las Conferencias Norton sobre el arte y las tradiciones de la ense√Īanza, Lecciones de los Maestros evoca a muchos personajes ejemplares: S√≥crates y Plat√≥n, Jes√ļs y sus disc√≠pulos, Virgilio y Dante, Brahe y Kepler, Husserl y Heidegger, entre otros. Fundamentales en la evoluci√≥n de la cultura occidental son S√≥crates y Jes√ļs, maestros carism√°ticos que no dejaron ense√Īanzas escritas ni fundaron escuelas. En los esfuerzos de sus disc√≠pulos, en los relatos de pasi√≥n inspirados por su muerte, Steiner ve los comienzos de un vocabulario interior, los reconocimientos cifrados de buena parte de nuestro lenguaje moral, filos√≥fico y teol√≥gico. Despu√©s analiza una serie de tradiciones y disciplinas, referidas todas ellas a tres temas subyacentes: el poder del maestro para aprovechar la dependencia y vulnerabilidad del disc√≠pulo; la complementaria amenaza de subversi√≥n y traici√≥n al mentor por parte del disc√≠pulo; y el rec√≠proco intercambio de confianza y amor, de aprendizaje y ense√Īanza entre profesor y alumno.”

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