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Henri Bergson. Historia de la idea del tiempo.

Supongamos que quisiera aprender la pronunciaci√≥n de una lengua extranjera dif√≠cil de pronunciar -digamos, la pronunciaci√≥n del ingl√©s-. ¬ŅC√≥mo lo hago? Hay dos formas diferentes de proceder. Podr√≠a tomar un manual de pronunciaci√≥n en el que se muestre la pronunciaci√≥n del ingl√©s por medio de las letras del alfabeto tal como debieran ser pronunciadas por un franc√©s. En ese caso, me encontrar√≠a frente a una representaci√≥n de la pronunciaci√≥n del ingl√©s en t√©rminos conocidos, y si el manual est√° bien hecho y me empe√Īo en este tipo de estudios, lograr√© una pronunciaci√≥n aproximada, suficiente, de la lengua extranjera -una pronunciaci√≥n tal que si visito el pa√≠s y hablo la lengua, me dar√© a entender si me prestan atenci√≥n-. Y me tendr√°n que prestar atenci√≥n, pues, de entrada, se imaginar√°n que yo hablo franc√©s, ya que en realidad aprend√≠ la pronunciaci√≥n del ingl√©s en t√©rminos del franc√©s, en funci√≥n del franc√©s, en relaci√≥n con el franc√©s. Tendr√© un conocimiento relativo de la pronunciaci√≥n del ingl√©s.

¬ŅQu√© necesito para tener un conocimiento absoluto? Ser√≠a necesario viajar a Inglaterra, vivir con los ingleses, vivir la vida inglesa. Ser√≠a necesario sumergirme en la pronunciaci√≥n presente del ingl√©s. Aprender√≠a lo mismo, la misma pronunciaci√≥n, pero de una forma completamente diferente; no tendr√≠a que v√©rmelas con elementos separados, con letras que combinar√≠a a fin de formar sonidos; no tendr√≠a ya letras junto a otras letras, s√≠labas junto a otras s√≠labas, palabras junto a otras palabras. No. Probablemente comenzar√≠a con frases; tendr√≠a en la mente -o mejor dicho, en el o√≠do- el habla inglesa, como si fuera m√ļsica o, m√°s bien, como la melod√≠a que es la pronunciaci√≥n.

Así, no tendré un conocimiento del inglés relativo al francés sino que tendré un conocimiento del inglés relativo al inglés mismo. Es decir, un conocimiento absoluto y no relativo a la pronunciación del inglés. Conocer relativamente es conocer desde fuera, es estar fuera de lo que se aprende.

Por el contrario, conocer absolutamente dicha pronunciaci√≥n es conocerla no desde fuera, sino desde dentro. Para conocer esta pronunciaci√≥n de manera absoluta no debo quedarme en casa, sino que debo ir a Inglaterra. Conocer√© entonces la pronunciaci√≥n no desde m√≠, sino desde ella misma, en s√≠, como dicen los fil√≥sofos. As√≠ de sorprendente y evidente resulta, en este primer ejemplo, la diferencia entre un conocimiento relativo y un conocimiento absoluto.”

Si digo que el ni√Īo se convierte en hombre y considero al ni√Īo en cuanto tal como una realidad terminada y al hombre como algo terminado, entonces tengo dos t√©rminos l√≥gicamente inmutables: el ni√Īo y el hombre. De este modo, el cambio, el paso de ni√Īo a hombre, se vuelve algo que l√≥gicamente no se puede comprender, puesto que habr√≠a que admitir que el ni√Īo -que, seg√ļn asumimos, no es m√°s que ni√Īo, es un ni√Īo- resulta ser en cierto momento, en la transici√≥n, hombre. Pero ya lo dec√≠amos, la realidad no es ni el ni√Īo ni el hombre, es la progresi√≥n, la evoluci√≥n, el devenir por el cual el ni√Īo se vuelve adolescente, el adolescente se vuelve hombre, el hombre se vuelve un anciano.

Estos t√©rminos -infancia, adolescencia, virilidad, vejez- no son realidades sino punto de vista o perspectivas de la mente sobre una realidad que es cambiante. La realidad verdadera es el cambio, el devenir, la transici√≥n continua. Por lo tanto, aquello que no existe m√°s que para nuestra mente, aquello que no tiene sino el valor de un signo, para emplear la terminolog√≠a de nuestras primeras lecciones, son estos mismo t√©rminos: infancia, adolescencia, etc. Tales signos corresponden a perspectivas, visiones inm√≥viles que tiene la mente de una realidad que se transforma y pasa.”

Si dejo caer un pedazo de az√ļcar en un vaso de agua, para beber el agua azucarada es necesario esperar cierto tiempo para que el az√ļcar se disuelva. Haga lo que haga, es necesario esperar; es decir, es necesario que se produzca un proceso de maduraci√≥n de la realidad exterior, material, Si no hubiera duraci√≥n en las cosas, duraci√≥n interior en las cosas, an√°loga a mi propia duraci√≥n, ¬Ņc√≥mo podr√≠a comprender una hecho de este tipo? Si el tiempo no fuera m√°s que una palabra, las unidades ser√≠an unas cualesquiera, indeterminadas: la duraci√≥n que implica un fen√≥meno de este tipo no estar√≠a determinada en relaci√≥n con el flujo de mi propia duraci√≥n. Este flujo es algo concreto que no puedo reducir ni prolongar.”

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SINOPSIS

Todos los filósofos se han planteado el problema de explicar el devenir, es decir, la duración. Y en esta Historia de la idea del tiempo, el filósofo francés, Henri Bergson, lo ejemplifica claramente con el lenguaje. Compuesto por dos elementos esenciales, el lenguaje expresa en el sustantivo lo concreto y lo individual, a la vez que lo inmóvil y lo estable, mientras que en el adjetivo expresa lo general y lo cambiante. Bergson vincula estos dos elementos del lenguaje con los dos instintos fundamentales del ser humano como ser social: el sustantivo, que es lo estable, como expresión de la tendencia del individuo a someterse a la disciplina social; el adjetivo, que es el cuerpo en movimiento, como expresión de la tendencia del individuo a innovar.

En lugar de partir de conceptos claros y de contornos estables, y en lugar de intentar reconstruir con ellos la movilidad y la duraci√≥n, Bergson propone emanciparse de los conceptos, descartar las categor√≠as, al menos de forma provisional, para lograr colocarse en la duraci√≥n pura y, desde ah√≠, volver a bajar a los conceptos. Y hacerlo es un esfuerzo que m√°s que construcci√≥n requiere intuici√≥n.”

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