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Ígor Stranvinsky. Poética musical.

“La función judicial supone una serie de sanciones de las cuales carece la opinión. De un modo enteramente abusivo, a mi manera de ver, se erige al público en jurado, dejando a su arbitrio que se pronuncie sobre el valor de una obra. Ya es bastante con que se le llame para que decida el porvenir de esa obra. La suerte de la obra depende, sin duda, en último término, del gusto del público, de las variaciones de su humor, de sus costumbres; en una palabra, de sus preferencias, pero no de su juicio como sentencia sin apelación. Les llamo la atención sobre este punto tan importante: consideren, de un lado, el esfuerzo consciente y la paciente organización que exige la composición de una obra de arte, y, del otro, el carácter prematuro del juicio, necesariamente improvisado, que sigue a su presentación. Entre los deberes de quien compone y los derechos de quienes juzgan, la desproporción es notoria, puesto que la obra ofrecida al público, cualquiera que sea su valor, es siempre el fruto de estudios, de razonamientos y de cálculos que implican todo lo contrario de una improvisación.”

“Mi libertad consiste, pues, en mis movimientos dentro del estrecho marco que yo mismo me impongo para cada una de mis empresas.

Y diré más: mi libertad será tanto más grande y profunda cuanto más estrechamente limite mi campo de actuación y me imponga más obstáculos. Lo que me libra de una traba me quita una fuerza. Cuanto más se obliga uno, mejor se libera de las cadenas que traban el espíritu.”

“La función del creador es pasar por el tamiz los elementos que recibe, porque es necesario que la actividad humana se imponga a sí misma sus límites. Cuanto más vigilado se halla el arte, más limitado y trabajado, más libre.

Por lo que a mí se refiere, siento una especie de terror cuando, al ponerme a trabajar, ante la infinidad de posibilidades que se me ofrecen, tengo la sensación de que todo está permitido. Si todo me está permitido, lo mejor y lo peor; si ninguna resistencia se me ofrece, todo esfuerzo es inconcebible; no puedo apoyarme en nada y toda empresa, desde entonces, es vana.”

SINOPSIS

“En septiembre de 1939, poco después de que estalle la segunda Guerra Mundial, Ígor Stravinski se embarca rumbo a América, donde ocupará la cátedra de Poética de la Universidad de Harvard y dará las seis conferencias que recoge este volumen. En la Poética musical, que es una de las mejores introducciones a la estética de la música que se han escrito jamás, hallará el lector las ideas de Stravinski sobre la creación (la propia y la ajena), la composición, la tipología y la ejecución musicales en un lenguaje preciso e incisivo, que hace de la lectura de este libro un auténtico placer. Asimismo, a medida que avanza en su análisis de los conceptos musicales, Stravinski no puede evitar trazar la imagen de lo que fueron su vida y su carrera como artista. En palabras de Iorgos Seferis, autor de la presentación, lo que distingue a un hombre de la envergadura de Stravinski es «una palabra o una sílaba o un solo sonido. Esa meta a la que uno intenta llegar y no llega. Sin embargo, el camino que hay en medio, ese largo camino ciego que con dificultad encontramos, es lo que nos conmueve en la vida de un creador».”

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