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Jürgen Habermas. Escritos filosóficos, 1.

Un jugador que entiende las reglas, es decir, que sabe hacer jugadas, no tiene por qué ser capaz de describir también las reglas. Lo específico de una regla se expresa, más que en una descripción, en la competencia de aquel que la domina. Entender un juego significa que se entiende de algo, que uno “puede” (es capaz de) algo. Entender significa dominar una técnica. Y en este “dominar” se expresa la espontaneidad con que uno puede aplicar por su cuenta una regla aprendida, y con ello también la creatividad de la generación de nuevos casos y de nuevos ejemplos que pueden considerarse cumplimiento de la regla. Esto explica el interés de Wittgenstein por la circunstancia de que un alumno que se ha ejercitado mediante ejemplos en una determinada serie numérica, ha entendido la regla subyacente cuando “él mismo puede proseguir”. El “así sucesivamente”, el “etcétera” con que el profesor interrumpe una serie de números con la que se está ejemplificando una regla, representa la posibilidad abstracta de ejecutar infinitas operaciones ulteriores y generar infinitos casos más que correspondan a la regla. La competencia que adquiero mediante el aprendizaje de una regla de juego o de una regla gramatical es una capacidad generativa. Wittgenstein no se cansa de explicar por qué la capacidad cognitiva de entender una regla exige a la vez una habilidad práctica, a saber: el operar también conforme a esa regla. El sentido de una regla es un universal que sólo puedo ejemplificar mediante un número finito de casos y que, por tanto, tampoco puedo explicar a otro si no es ejercitándolo por medio de ejemplos. Pero explicar por medio de ejemplos algo general no significa motivar a alguien a que generalice inductivamente un número finito de casos. Antes bien, el alumno ha entendido lo general si y sólo si aprende a ver en las cosas que se le muestran sólo ejemplos de algo que ha de verse en ellas. Para ello puede bastar a su vez un solo ejemplo: “Son, pues, las reglas que vienen al caso en el ejemplo, las que lo convierten en ejemplo”. Los objetos o las acciones que valen como ejemplos nunca son por sí mismos ejemplos de una regla; sólo la aplicación de una regla hace que surja lo universal en lo particular. En toda aplicación se encierra in nuce un momento creador. El alumno que ha aprendido una regla, se ha convertido potencialmente en maestro gracias a la capacidad generativa de poder inventar él mismo ahora nuevos ejemplos, y también ejemplos ficticios.”

Yo mismo no puedo estar seguro de que sigo una regla si no se da una situación en la que poder exponer mi comportamiento a la crítica de otro y llegar con ese otro a un consenso. Pero tal capacidad de crítica por parte del otro presupone a u vez que el otro posee la misma competencia de regla que tengo yo. Pues, ¿en qué consiste la intersubjetividad de la validez de la regla? B sólo puede emprender la exigida comprobación del comportamiento gobernado por reglas de A, si, llegado el caso, uno puede mostrar al otro que ha cometido una falta, es decir, si en caso necesario, puede llegar a un acuerdo con el otro sobre el correcto empleo de la regla. B puede, por ejemplo, asumir el papel de A y mostrarle a éste qué es lo que ha hecho mal. En este caso, A adopta el papel del crítico que en caso necesario justifica, a su vez, su comportamiento original mostrando que B está haciendo una falsa aplicación de la regla. Sin esta posibilidad de crítica recíproca y de mutua instrucción conducente a un acuerdo, es decir, sin la posibilidad de un entendimiento sobre la regla por la que ambos sujetos orientan su comportamiento al seguirla, no podría hablarse en absoluto de “la misma” regla; sin la posibilidad de un seguimiento intersubjetivo de reglas, un sujeto solitario ni siquiera podría disponer del concepto de regla.

Con el análisis del concepto de “seguir una regla”, Wittgenstein demuestra que la comprensión de significados idénticos presupone conceptualmente la capacidad de participar en una práctica pública con al menos otro sujeto, para lo cual todos los participantes han de ser capaces tanto de un comportamiento regido por reglas como de enjuiciar críticamente ese comportamiento.”

Un sujeto capaz de acción puede que en muchos casos no sea capaz de explicitar las normas por las que orienta su comportamiento. Pero en la medida en que domina las normas y puede seguirlas tiene un saber implícito de reglas: en virtud de este “know how” puede en principio decidir si una determinada reacción comportamental puede entenderse a la luz de una regla conocida, es decir, si puede entenderse como acción; si responde a una determinada norma o se desvía de ella; y en qué grado se desvía de la norma subyacente.

Puede que normalmente los hablantes competentes no sepan hacer explícitas, o sólo sepan hacerlo de forma muy incompleta, las reglas gramaticales de un lenguaje natural en el que forman y entienden oraciones. Sin embargo, todo hablante suficientemente socializado dispone de un “know how” que le basta para distinguir entre actos fonéticos y puros ruidos entre oraciones correctamente formadas desde un punto de vista sintáctico, y semánticamente dotadas de sentido, y oraciones mutiladas, y clasificarlas comparativamente conforme a su grado de desviación. Este “saber de reglas” de los sujetos que hablan y actúan competentemente, intuitivamente disponible, pero susceptible mayéuticamente de precisión, constituye la base experimental sobre la que han de apoyarse las teorías de la acción, mientras que las teorías estrictamente articuladas en términos de ciencia del comportamiento sólo dependen de datos observacionales.”

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