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Pedro Laín Entralgo. La espera y la esperanza.

La sinceridad absoluta es para el hombre un imposible metafísico. No digo un imposible social; no afirmo simplemente -obvia y superficial verdad- que la convivencia nos impide y no puede dejar de impedirnos ser del todo sinceros. Quiero decir que la sinceridad es por sí misma un falseamiento. En primer término, porque nunca sabemos y nunca podemos saber íntegramente lo que somos; y así, el hombre más resuelto a la plena y total expresión de sí mismo, como Ulises de Joyce, deja de decir algo de lo que en su alma podría ver y todo lo que en su realidad no puede ver.”

En la medida en que nuestra existencia es tempórea y es imprevisible nuestro futuro, en esa medida nos vemos obligados a esperar; y parece cosa segura, cuando la mente no reniega de la realidad, que en la vida del hombre no hay espera sin esperanza. Más de una vez he recordado la aguda reflexión de André Gide ante el rótulo “Sala de espera” de una modesta estación ferroviaria del Marruecos español: “Quelle belle langue, que celle qui confond l´attente et l’espoir!” El lindo elogio de Gide no es del todo certero, porque el español suele distinguir muy buen entre “espera” y “esperanza”; pero es lo cierto que, poética y realmente, toda “Sala de espera” (Salle d’Attente) es siempre de algún modo “Sala de esperanza”(Salle d’Espoir). Si no fuese así, nadie entraría en ella.”

Hay, según Heidegger, temples del ánimo especialmente idóneos para aprehender la totalidad de lo que somos. Uno de ellos es el aburrimiento, el tedio: “El aburrimiento profundo, ese que nos trae y nos lleva como una niebla silenciosa por los abismos de la existencia y reduce todas las cosas, todos los hombres y hasta a uno mismo a una notable indiferencia. Este aburrimiento revela al ente en su totalidad.”

El futuro es el horizonte de los posibles; el pasado, la tierra firme de los métodos, de los caminos que creemos tener bajo los pies. ¿Para qué esos caminos? Para recorrerlos, sin duda; para conocer, recorriéndolos, lo que hasta ahora hemos sido individual y colectivamente. Mas bien, y sobre todo, para abandonarlos, y ése es el sentido del saber histórico en las épocas de crisis. Con tal fin debe estudiar la historia el europeo de estos tiempos: “Europa tiene que aprender en la historia, no para hallar en ella una norma de lo que puede hacer -la historia no prevé el futuro-, sino para evitar lo que no hay que hacer; por lo tanto, para renacer de sí misma evitando el pasado.”

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SINOPSIS

En el presente texto se pretende abordar el pensamiento de Pedro Laín Entralgo, quien fuera medico, historiador y filósofo español del s. XX. Específicamente se expondrá su obra La espera y la esperanza, de la cual, únicamente se retomará el primer capítulo titulado: “San pablo y la esperanza cristiana”, de la primera parte de su escrito, a saber, “Constitución de la idea cristiana de la esperanza”. En efecto, dentro del prologo Laín Entralgo manifiesta que en el preguntarse sobre el sentido de la existencia humana, como ya lo había hecho Heidegger planteando una desesperanza, ante la vacía nihilidad del porvenir, es decir, descartar la posibilidad de una vida después de la muerte, puede surgir una esperanza de la prolongación de la existencia y así se podrá afirmar que la finitud no es un necesario constitutivo de ésta misma. A su vez, indica que la sociedad de su época se encuentra en un tiempo de desesperación, ansiedad, evasión e inquietudes diversas que le interrogan sobre el sentido de su ser en el mundo, por ello, mediante un empeño religioso-cristiano e intelectual sea tratado de “entender la realidad humana desde el punto de vista de su condición de ‘realidad esperante’ …, según la cual el cristiano debe hallarse siempre dispuesto a dar razón de la esperanza que hay en él.”

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