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Peter Bieri. La dignidad humana.

No es solo de cara al exterior que queremos ser autónomos. Existe también la necesidad de autonomía interior: de la posibilidad de decidir nosotros mismos sobre nuestro pensar, sentir y querer y en este sentido, ser independientes y no depender de otros. 

¿Cuál es, pues, la diferencia entre autonomía y una falta de autonomía interior que significa un problema para la dignidad? La diferencia tiene que ver con lo que hace de nosotros sujetos: necesitamos no dejar que nuestra vida, incluida nuestra vida interior, simplemente acontezca y necesitamos no dejarnos arrastrar por lo que acontece en nuestro interior. Podemos tematizar el acontecer interior, interrogarlo y ocuparnos de él. 

Lo que podemos hacer aquí, y qué aspecto presenta la autonomía alcanzada, dependen del tipo de acontecer interior. Una primera forma de autonomía es la autonomía en el pensar. Mucho de lo que pensamos, creemos y decimos ha surgido primero por la imitación y la costumbre. Nos lo han dicho antes y nosotros lo hemos repetido maquinalmente. Funciona: se adapta a lo que dicen los demás. Una autonomía de pensamiento, tal como pertenece a la forma de vida de la dignidad, se muestra en una vigilancia especial frente a lo que uno piensa y dice: “¿Qué significa esto exactamente?” y “¿cómo es que sé esto en realidad?” son las dos preguntas en las cuales se expresa esta vigilancia. Pertenece a la autonomía el que estas preguntan se conviertan en una segunda naturaleza. Están dirigidas por la idea de que mucho de lo que suena significativo carece de significado; que mucho de lo que parece un pensamiento, no lo es; que de mucho de lo que estamos acostumbrados a pensar y a creer en realidad no sabemos en absoluto por qué lo pensamos y creemos; y que algo que tiene la apariencia de un pensamiento elevado quizás sea solo un dicho de pacotilla. Ser autónomo quiere decir se escéptico frente a las palabras vacías y dichos superficiales. Quiere decir ser inflexible y apasionado en la búsqueda de la claridad y la visión de conjunto en el pensamiento. Quien es autónomo en este sentido tiene la necesidad de orientarse por su propio pensar y de poner a prueba sus convicciones. En este sentido amplio tiene la necesidad de formarse su propia opinión. Y estará en guardia si se le intenta seducir y engañar por medio de dichos y palabras huecas. No se dejará tutelar en aquello que considera significativo y verdadero. No se dejará engañar por nada, ni por la tertulia, ni por los periódicos, los políticos, la familia, el clan. Confiará en su propio entendimiento, en sus propias justificaciones y demostraciones. En las propias experiencias. Él mismo tomará al mando sobre lo que piensa. 

La contrafigura del autónomo en el pensamiento es el seguidista en el pensamiento, el lacayo servil de pensamientos y dichos ajenos. Es alguien que piensa como un autómata, que vive de opiniones consabidas, de consignas y de clichés retóricos que pasan rápidamente por su escenario interior y encuentran su camino hacia fuera en frases mal alumbradas. No conoce la diferencia entre el parloteo y el pensamiento. La necesidad de ilustración, comprobación y corrección le es ajena. Dice lo que se espera de él en la tertulia, en la lucha electoral o en el debate político. Es el correligionario ideal. Es aburrido escuchar sus previsibles frases, y su palabrería puede aparecerle a uno como un espectáculo indigno.

La visita a un matadero es repulsiva. ¿Por qué? Hay ríos de sangre y excrementos, hay fetidez y el grito angustiado de los animales, que uno tarda en olvidar. Un matadero es una fábrica de muerte. Miles de animales son transportados allí par ser mecánicamente sacrificados y después transformados en porciones en la fábrica de carne. Cada uno de estos animales, además de ser un organismo vivo, es un centro de vivencias: percibe sus movimientos , siente hambre, sed y dolor, experimenta placer y angustia. Su vivir es más simple que el nuestro, pero es un vivir, y en este sentido este animal es un sujeto. Y ahora es simplemente sacrificado porque nos lo queremos comer. Ya este pensamiento es opresivo. “¡Pero los animales se devoran unos a otros!”. Pero no construyen fábricas de matar con máquinas de matar que están concebidas para sacrificar tantos animales como sea posible en el menor tiempo posible. Transformar el mayor número posible de animales en porciones vendibles de carne en el menor tiempo posible.

Lo que repugna no es solo el matar. Es el pensamiento de que los animales que terminan aquí son criados, alimentados y cuidados desde el principio solo para convertirse en una mercancía. Es el hecho de que estos animales, que a menudo crecen apiñados en un entorno artificial, en ningún momento de su vida son tratados como si ellos mismos también importaran -su vida y sus necesidades-. Desde su engendramiento hasta su muerte no son nunca otra cosa que fases previas de mercancías comestibles en el supermercado. Son cosas cebadas para el fin de nuestra alimentación. Nada en la manera como son tratadas les deja una oportunidad de vivir como fines absolutos -como concedemos a los animales domésticos y como les es posible a los animales en la naturaleza-. Al abandonar el matadero, nos vienen náuseas no solo a causa de la sangre y de la fetidez. Sentimos asco porque de manera drástica nos ha venido a la conciencia algo que ya podíamos saber: que también en el caso de los animales hay un tratamiento que se puede percibir como indigno. Y si los percibimos así es porque aplicamos el criterio del que hemos hablado antes: la dignidad consiste en no ser tratado solo como medio sino también como un fin en sí mismo.”

Un encuentro comprometido significa una experiencia de cercanía. A uno no le deja frío lo que el otro hace y vive. No le es indiferente. No tiene por qué tratarse aquí de cosas agradables, armónicas. Hay encuentros comprometidos en la ira y en el odio. Uno se ha visto involucrado en un encuentro con el vecino sinvergüenza o con el odiado jefe, esto crea cercanía aunque sea la cercanía de la enemistad. Pero además se dan todos los vínculos pasionales del deseo, del anhelo y de la añoranza. Y las diversas formas y perfiles de la empatía en la alegría y la tristeza. Se trata siempre de que tomo en serio al otro en sus vivencias. Forma parte de ello el que yo, a partir de la cercanía y la temperatura de una relación, espere y reclame determinadas reacciones. De ahí que las relaciones comprometidas comporten decepciones. A veces las respuestas del otro no responden a las expectativas que definían el encuentro desde mi lado. En tal caso surgen sentimientos de afrenta, rencor, enojo y odio. Provienen del compromiso y son pruebas de la cercanía sentida. Solo hay reproches cuando hay compromiso. Cuando las expectativas y los posibles reproches se apagan, se extingue una relación como encuentro comprometido. Lo que queda es lo que puede llamarse un encuentro distanciado.”

 

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