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Victoria Camps. Creer en la educación.

“Educar significa, entre otras cosas, reprimir la espontaneidad. Soy consciente de que lo que digo parecerá blasfemo a más de un lector. La fascinación por la espontaneidad es, en efecto, uno de los mitos que han hecho que los fundamentos de la educación se tambaleen. El mito proclama que hay que tener en cuenta los impulsos más primarios del niño, no estropearlos interviniendo desde fuera y evitando de esta forma que desarrolle todo su potencial. Intervención es represión y la represión, por definición, es contraproducente y debe ser desterrada. […].

Es obvio que las reglas reprimen la emotividad, el instinto y la espontaneidad, pero ¿no es precisamente éste un hecho característico de los humanos, el no hacer todo aquello que instintivamente haríamos, como lo hacen inevitablemente, porque no pueden hacer otra cosa, los animales? Ser espontáneo no es ninguna virtud ni un signo de inteligencia. Es una muestra de inteligencia, en cambio, ser capaz de mostrar la mejor cara de uno mismo, no la peor, que también la tenemos. Esto es, saber ser espontáneo cuando no hay problema en serlo y reprimir la espontaneidad cuando puede incomodar u ofender. Pues bien, el buen uso de la espontaneidad o se educa o no se aprende.”

“La educación es importante porque evita la simplificación del concepto de libertad. Ser libre tiene un sentido negativo que quiere decir, exclusivamente, ausencia de normas, y un sentido positivo, que apunta a la capacidad individual de decidir y actuar libremente. Recordemos que hemos dicho que la autonomía moral consiste en la capacidad de la persona para decidir y pensar por sí misma, no en la ausencia total de normas, sino en la capacidad de crear normas propias.”

“El hombre es un ser que vive conforme a unas reglas. La prueba más clara es el lenguaje, que es la característica humana más específica y que, como decía el filósofo vienés Ludwig Wittgenstein, “es un comportamiento sujeto a reglas”. Sin respetar las reglas de la gramática y la sintaxis, sin unas convenciones semánticas que señalen qué nombre tiene cada cosa, la comunicación sería imposible, no nos entenderíamos. Hablar implica respetar unas reglas.”

“Fueron los tiempos de la escuela libre los que hicieron circular el eslogan de educar en libertad. Confieso que nunca entendí cómo se puede educar en la libertad si por tal entendemos un ambiente sin restricciones. El todo vale nunca ha sido la base para una educación que presuponga unos objetivos y unas metas a alcanzar. Si no estoy equivocada, los experimentos de la denominada escuela libre no han sido un éxito, porque el sintagma que une escuela y libre ya es, por sí mismo, un oxímoron, o lo que es lo mismo, una contradicción evidente. A la escuela no se va a disfrutar de la libertad sino a aprender y a formarse. Pues aunque el objetivo final de todo ello es, efectivamente, la autonomía de la persona, ésta ni es una condición de la educación ni se la puede dar por supuesta. ¿Para qué habría que educar si así fuera? Dicho de otra manera y en pocas palabras, la finalidad de la educación no puede ser educar en la libertad, sino, en todo caso, educar para la libertad, que quiere decir enseñar a ser libre, autónomo, a pensar y decidir por uno mismo y con buen criterio.”

“Nadie llega solo a ningún lado, mucho menos al exilio. Ni siquiera los que llegan sin la compañía de su familia, de su mujer, de sus hijos, de sus padres, de sus hermanos. Nadie deja su mundo, adentrado por sus raíces, con el cuerpo vacío y seco. Cargamos con nosotros la memoria de muchas tramas, el cuerpo mojado de nuestra historia, de nuestra cultura; la memoria, a veces difusa, a veces tímida, clara, de calles de la infancia, de la adolescencia; el recuerdo de algo distante que de repente se destaca nítido frente a nosotros, en nosotros, un gesto tímido, la mano que se estrechó, la sonrisa que se perdió en un tiempo de incomprensiones, una frase, una pura frase posiblemente ya olvidada por quien la dijo. Una palabra por mucho tiempo ensayada y jamás dicha, ahogada siempre en la inhibición, en el miedo de ser rechazado que, al implicar falta de confianza en nosotros mismos, significa también la negación del riesgo.”

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SINOPSIS

La idea que atraviesa este lúcido ensayo está contenida en su título: el problema fundamental que tiene la educación en nuestros días es la falta de fe. La educación ha perdido el norte, ha caído en la indefinición y ha olvidado su objetivo fundamental: la formación de la personalidad. Una formación que corresponde, sobre todo, a la familia, pero también a la escuela, a los medios de comunicación, al espacio público en todas sus manifestaciones. Urge, por tanto, volver a valores como el respeto, la convivencia, el esfuerzo, la equidad o la utilización razonable de la libertad. Es necesario recuperar el buen sentido de conceptos como autoridad, norma, esfuerzo, disciplina o tolerancia. Y, por encima de todo, hay que cambiar de perspectiva, eliminar tópicos y asumir que estos valores, estas actitudes, se pueden y deben enseñar. No podemos inhibirnos de la responsabilidad colectiva que supone educar. El futuro y el bienestar de la sociedad depende de nuestro compromiso.Dividido en once breves capítulos, Victoria Camps incide en la falta de motivación de alumnos y educadores. Camps relaciona esta problemática con el desarrollo de la sociedad de bienestar y de consumo, responsables en cierta medida del fracaso del modelo educativo imperante.”

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