Victoria Camps. Elogio de la duda.

«La duda es lo que nos constituye, es el motor del cambio en todos los ámbitos. Las doctrinas y las adhesiones a la letra de los textos, por el contrario, son el antídoto de la duda, ni la toleran ni caben en ellas. Pero las doctrinas y las profesiones de fe, las fórmulas y las recetas que ofrecen soluciones, son atractivas porque dan seguridad a quien se adhiere a ellas. Evitan tener que pensar. 

Por eso las opiniones se han ido estructurando sobre la base de dicotomías: femenino-masculino, sí-no, negro-blanco, perder-ganar, me gusta-no me gusta, mente-cuerpo, independentismo-unionismo, izquierda-derecha. La lista podría ser interminable. Los términos medios y los matices quedan excluidos. Lo que no encaja en uno de los extremos no merece consideración. Pensar desde lo indeterminado, que no tiene contornos precisos, es más complicado que dar un nombre fijo y determinado a cada cosa.»

«Una ética sin atributos es una ética difusa, pero no escéptica. No es una ética que inhiba de actuar. No puede serlo porque, para poder desarrollarla, hay que partir de la idea de que hay cosas que no están bien y no se deben hacer, y que es posible cambiar lo que está mal. Pero si la ética no se construye desde el escepticismo, tampoco lo hace desde la seguridad de quien cree estar en posesión del árbol de la ciencia del bien y del mal, para recordar de nuevo el mito bíblico. La ética parte de unas pocas convicciones claras, pero difusas – la justicia, la paz, la solidaridad, el respeto- y mantiene una actitud abierta y dialogante con el fin de ir dotando de contenido esos grandes conceptos que las sustentan.

La indeterminación en cuanto a lo que hay que creer y lo que hay que hacer es un terreno propicio a la filosofía, pero no al individuo corriente que anhela seguridades. Por eso prosperan los libros de autoayuda, en detrimento de los ensayos filosóficos. La apatía o indiferencia moral, propias de esa posmodernidad débil y líquida, chocan hoy con el fanatismo de los que no toleran vivir en la incertidumbre y buscan desesperadamente verdades a las que atenerse.»

«Los fanáticos no dudan. Se agarran con fuerza a la supuesta verdad de sus creencias. Por eso son inmunes a las razones y no contemplan la autocrítica ni les interesa la crítica externa. Están demasiado convencidos de su verdad. El fanatismo se combina mal con el pluralismo característico de la democracia. Que se combine mal, sin embargo, no implica que los miembros de una democracia eludan con facilidad las tentaciones  de abrazar creencias dogmáticas y situarse en posiciones extremas. 

Hay una contradicción en ello, una paradoja propia de la lucha por el individualismo que identifica a las democracias liberales. Ser libre, dar protagonismo al individuo y no al grupo, es una aspiración implícita en la condición humana; el individuo no deja de anhelar más espacios de libertad y menos normas. Pero ese mismo individuo busca, a su vez, cobijo y amparo, ansía perderse en un colectivo que el indique cuál debe ser el sentido de su libertad. La misma libertad que defiende el reconocimiento y la tolerancia de todas las culturas fomenta que esas culturas se encierren en sí mismas y rechacen como extraños y ajenos los grandes logros de la humanidad.»

«Solemos hablar con desprecio del individualismo propio de nuestro tiempo, un rasgo que ha conseguido atomizar a las sociedades en individuos que van cada uno a lo suyo sin sensibilidad alguna hacia un interés general o un bien común. A falta de otra cosa, y producto asimismo de la ideología liberal, la idea de nación ha cumplido la función de cohesionar a las personas que debían participar en una empresa común. Opuesto al individualismo, se erige, sin embargo, otro ideal que es el de la «individuación» que significa que un individuo, en un Estado de derecho, «debe devenir sujeto». Para devenir sujeto hay que ser valiente y resistirse al proceso de «normalización» llevado a cabo por los dirigentes de las democracias para evitar el peligro de entropía que amenaza a todo fenómeno humano. Contra dicha tendencia, el individuo debería esgrimir su «irremplazabilidad», la convicción de que su condición de sujeto le obliga a construir una individualidad que lo hace irremplazable porque cada individuo es único.»

«Saber calibrar el valor de los sentimientos y cómo contribuyen a crear una sensibilidad que merezca el atributo de moral, una sensibilidad no desviada, es el signo de la madurez moral. La razón necesita de las emociones porque por sí sola es fría e ineficaz, carece de magnetismo para atraer a las personas hacia las causas que merecen un entusiasmo colectivo. Por su parte, la pasión pura y desbocada, sin el criterio racional, es mal soporte para la acción colectiva que busca un bien común. Los sentimientos en la vida pública son tan necesarios como peligrosos. Por eso hay que apelar al discernimiento.»

«La ortodoxia no es sino la conformidad sin matices con el dogma o la doctrina en la que uno cree. La fe ciega no admite la heterodoxia del disconforme. Pero las creencias son frágiles, pues, a diferencia del saber científico, que constituye una base cierta para la acción, las creencias solo pueden sustentarse en razones.»

SINOPSIS

«Fue Bertrand Russell quien dijo que la filosofía es siempre un ejercicio de escepticismo. Aprender a dudar implica distanciarse de lo dado y poner en cuestión los tópicos y los prejuicios, cuestionar lo incuestionable. No para rechazarlo sin más, sino para examinarlo, analizarlo, razonarlo y, por fin, decidir. Elogio de la duda recorre las vicisitudes de la duda a lo largo y ancho de la historia del pensamiento ―desde sus páginas nos hablarán Platón, Aristóteles, Descartes, Spinoza, Hume, Montaigne, Nietzsche, Wittgenstein, Russell, Rawls y un largo etcétera de hombres que decidieron dudar― y lo hace de manera asequible a un público amplio, sin renuncia alguna al rigor y la profundidad de quien ha ejercido la docencia universitaria durante 30 años.»

Rebajas
Elogio de la duda
  • Camps, Victoria (Author)
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